El blog de Javier Rubio

El signo de los Reyes Magos

Por qué fueron a Belén a adorar a Dios

El signo de los Reyes Magos.

Se da una paradoja curiosa con los Reyes Magos y su existencia. Para una gran parte de este mundo globalizado -herederos de un patrimonio en gran medida ininteligible- el día de los Reyes Magos es una fiesta completamente desvinculada de un rito religioso. Se habla de “día mágico”, de “cabalgatas de los sueños”, de “milagro para los niños”. Locutores más sutiles -pero igual de equivocados- proclaman por la radio las bondades de un tal “espíritu de la Navidad”, que -al parecer- sigue revoloteando de esquina en esquina, bajo las cada vez más extravagantes decoraciones invernales en las calles de las ciudades españolas.

Y todo para quienes no han dado el salto al viejo icono de un refresco americano -un tal “Papá Noel”-, cayendo en el abismo cultural de los “Halloween” y los “Blackfriday”. (Perdóname, Milagro en la calle 34).

Para nadie de los anteriormente mencionados cree que los Reyes Magos existan. Del mismo modo en que no creen que exista Papá Noel o Harry Potter. Son personajes inventados para rellenar sentimentalmente las fiestas de forma que los niños sobrevivan a las asperezas de la vida con pequeñas fugas a un mundo de “magia”.

Y, sin embargo, existen.

Lo curioso del tema es la enajenación absoluta a la que nos ha conducido la división entre esta forma de vivir la cultura y la liturgia. Como los que no van a la misa de la boda, pero se apuntan al banquete. En todos los casos “absoluto” es la palabra adecuada: separación, ruptura, aislamiento de lo que nos es “completamente ajeno”. Nos hemos quedado con la “parte divertida” de la herencia cultural y nos hemos deshecho de la “parte antipática”.

Esa “parte antipática” -la de ir a la misa del Gallo por Navidad, o a la misa de la Solemnidad de la Epifanía del Señor- es el motor único y verdadero de toda la celebración. Si se corta el motivo original, no sólo traicionas la cultura religiosa que la ha dado a luz, si no que caemos en el desvarío de negar la existencia de personajes históricos. Los ponemos en la misma pila -por qué no- de las hadas madrinas, los ratoncitos Pérez, los Harry Potter, etc.

Los Reyes Magos existen. Quizá no eran Reyes y quizá no eran Magos. No, al menos, en acepción general que atribuimos hoy en día a ambos términos. Probablemente no eran tres. El Evangelio de Mateo habla de “Magos de oriente” (Magi ab oriente venerunt, dice la Vulgata). “Magos” que, al parecer, era un título sacerdotal en la tradición persa. Estas personas llegaron a Jerusalén indagando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle».

El sentido “profundo” de los Reyes Magos.

Aquí la cosa empieza a tener un sentido mucho más profundo. La historia de las antiguas civilizaciones muestra cómo existe una tendencia por parte de las civilizaciones del Mediterráneo por “mirar” hacia el oriente. Mientras que las civilizaciones del Tigris y del Éufrates (asirios, hititas, medos, persas, etc.), herederas de la tradición Sumeria, siempre han “mirado” hacia occidente. El punto de encuentro natural entre estas dos tendencias es precisamente la zona de influencia siríaca, el Mediterráneo oriental. Esa zona se caracteriza por haber sido la gran encrucijada de la humanidad civilizada en sus primeros periplos (obviando las culturas del Indo y del río Amarillo en China). Allí se vieron las caras los egipcios con los aqueos, los fenicios y los persas, los griegos, los asirios, los hititas, los romanos, etc.

En esta cuna de la humanidad, durante la Pax romana del emperador Augusto en Roma (la civilización “familiar” por excelencia), se produce un nuevo encuentro de un profundísimo valor religioso, cultural y escatológico.

Unos sacerdotes del oriente -persas, seguramente- viajan hacia occidente tras una estrella y en la encrucijada del mundo y de la historia se encuentran con el Niño que da sentido a todo el mundo y a su historia. En el acto de adoración y de entrega de regalos estos sabios de oriente reconocen la divinidad de Jesús, la sacralidad de la familia de Belén y subrayan que la encarnación y el nacimiento de Cristo son el punto culminante de toda la historia. Enfatizan, si se quiere, la centralidad del misterio de Belén, que se convierte en el centro del mundo y en el eje de la historia (verdadero Axis mundi), como cuna del Niño-Dios.

La fiesta de los Reyes Magos se transforma en la solemnidad de la Epifanía del Señor.

Para quienes se llenan la boca de “tolerancia entre las civilizaciones”, “entre las religiones”, “entre los pueblos”. He aquí el hecho histórico (no “la leyenda”, no “el ejemplo”) de un acto que sobrepasa con mucho los paupérrimos límites de la tolerancia. Una manifestación de catolicidad, de “Epifanía”, anunciada ya por el profeta Isaías:

“¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh sobre ti ha amanecido! Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece Yahveh y su gloria sobre ti aparece. Caminarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alborada. Alza los ojos en torno y mira: todos se reúnen y vienen a ti. Tus hijos vienen de lejos, y tus hijas son llevadas en brazos. Tú entonces al verlo te pondrás radiante, se estremecerá y se ensanchará tu corazón, porque vendrán a ti los tesoros del mar, las riquezas de las naciones vendrán a ti. Un sin fin de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos de Sabá vienen portadores de oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahveh.”
(Isaías, 60, 1-6)

Hay tanta riqueza que puede sacarse de todo esto, que resulta una verdadera lástima que este día se haya convertido en lo que se ha convertido. El verdadero signo de la Epifanía es el amor de Dios a todo el mundo por medio del Niño de Belén y el reconocimiento, por parte del mundo, de ese amor y de su divinidad. El encuentro por antonomasia, el mayor signo de “religión” que ha existido jamás”.

Siempre, es verdad, con la sombra de Herodes merodeando detrás del decorado.

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