El blog de Javier Rubio

El “espíritu” de la Navidad y otros engaños

Una reflexión sobre el pacifismo navideño

Creo que mi generación vive mal la Navidad.

Me parece vivir en una generación que no comprende el sentido de la tradición que ha recibido. Tantas tradiciones heredadas de nuestra rica cultura se han convertido en elementos más o menos pintorescos, que aceptamos o descartamos según criterios de comodidad, corrección política o bienestar. Muchas de estas tradiciones tienen que ver con la Navidad.

Por otro lado -en justicia con mi generación- es cierto que hay una renovada curiosidad por descubrir el porqué del árbol de Navidad, de los calcetines en la chimenea o de la cabalgata de los Reyes Magos. Sin embargo esta curiosidad no parece construirse sobre el compromiso con nuestro legado o sobre una genuina voluntad de comprender nuestra tradición religiosa y cultural. Acaso sea un esfuerzo por rescatar un cierto saborcillo melancólico de nuestra infancia, o una curiosidad trivial. Como esos adultos de los planetas del Principito que han olvidado el valor de lo genuinamente importante.

¿Un poco de paz en el día de Navidad?

Fruto de estas dos circunstancias -el olvido y el reconocimiento condescendiente- parece ser, por ejemplo, ese ambiguo reclamo a la paz que brota de tantos corazones el día de Navidad.

Ruego que no se me malinterprete. Considero la paz un valor fundamental en el sentido más original de la palabra: solo la paz puede fundar la construcción de una sociedad con valores. Pero ¿de qué paz estamos hablando? ¿Por qué el día de Navidad?

“Paz” se ha convertido en lo que don Alfonso López Quintás denomina “palabra talismán”. Es decir, una palabra que parecen poder apropiársela dos posturas contradictorias sobre un mismo tema. Por ejemplo, seguramente que un seguidor de la política del señor Trump pueda argüir cómo el hecho de que Jerusalén sea la capital de Israel es, sin duda, un paso adelante en la pacificación de Oriente Medio. La postura contradictoria defenderá lo contrario. Probablemente ambos den razones de peso para sostener su argumentación. Cabe preguntarse, en cualquier caso, si entienden lo mismo cuando usan el término “paz”.

En Occidente parece ser una opinión generalmente aceptada que un cierto “espíritu navideño” tiene que ver con una cierta “paz”. Sería muy arriesgado hacer una encuesta por las calles de Madrid para preguntar el motivo de esta especie de tradición aceptada. Muchos líderes mundiales hablan de la paz. La gente parece estar de mejor humor. Las familias se reúnen para cenar y compartir regalos o aguinaldos… Un viandante mejor informado podrá hablar del Nacimiento de Belén como origen religioso de la Navidad y de ángeles apareciéndose a los pastores y proclamando “Paz en la tierra”.

Paradojas entre la Navidad y el “espíritu navideño”.

Sin embargo, una observación más detallada de todas estas circunstancias parecen contradecir el clima de pacifismo. Ciertamente las circunstancias del nacimiento del niño Jesús fueron bastante ajenas al estado de bienestar que parece ser el dogma occidental hoy en día. La amenaza de fondo de Herodes poco tenía de pacífica. Es verdad que el niño Jesús es el “Príncipe de la paz” profetizado, y que llamará “hijos de Dios” a los pacíficos (en Mt. 5); pero también es un mesías que viene a traer la división, y no la paz (en Lc. 12, 51). En estas categorías -en esta paradoja sobre la misión de Dios en la Tierra- debe plantearse el problema religioso de la Navidad.

Todos los demás elementos navideños que nos ha donado la tradición, ajenos a su fuente religiosa, son meramente cosméticos. No creo que sea necesario demostrar que un árbol de Navidad, un “Santa Claus”, o incluso un belén, no son motivos de peso para justificar un reclamo a la paz en el mundo. Ese falso y denostable “espíritu navideño” no es nada más que un ejercicio social de emotivismo cada vez más vinculado a las ya tituladas “compras de Navidad”. Cuando falta la referencia real a Aquél que da sentido religioso y cultural a la fiesta, todo lo demás sale sobrando. El “espíritu navideño” en primer lugar.

La paz del Mundo y la paz de Cristo.

Creo que para poder rescatar la Navidad hay que superar muchos absurdos cada vez más generalizados. Es una fiesta religiosa. Es la fiesta de Jesús, el Cristo, que no proclamó ni la libertad, ni la igualdad, ni la fraternidad, ni palabras talismán de ningún tipo.

Dijo, eso sí, con firmeza y claridad “la paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da yo os la doy” (Jn. 14, 27).

Para otra reflexión tendré que dejar el tema de esta “paz buena de Cristo” que se sustenta sobre aquella “división” entre bueno y malo, entre verdadero y falso. Una paz completamente distinta de la confusa “paz del mundo”, fundada -en palabras de Soloviev- “sobre la confusión, es decir, sobre la unión exterior de aquello que está interiormente en conflicto”. Vamos, las Dos Ciudades.

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