El blog de Javier Rubio

El misterio de la puerta azul

Se puede aspirar a una experiencia total de la realidad

El misterio de la puerta azul.

El otro día me sucedió algo notable en medio de una clase. Ni siquiera recuerdo cuál era el tema del que estábamos hablando. Sí puedo decir que se trataba de la asignatura de “Introducción al cristianismo” en el 4º curso de publicidad. Probablemente estuviera explicando la propuesta realista del conocimiento: podemos aprehender sensiblemente la realidad.

El hecho es que una alumna me interrumpió con una afirmación provocadora:

-Pero no podrás negar que cada uno tiene su propia realidad.

Así dicho, de buenas a primeras, me descolocó un poco. Ese tipo de frases que empiezan con un “no podrás negar” parece dejarte contra las cuerdas. En cuanto me repuse del ataque intenté reagrupar:

-A lo mejor te refieres a que cada uno hace su propia experiencia de la realidad -concedí. -Pero resulta claro que la realidad es una, común a todos… Se impone inexorablemente a nuestra capacidad de conocer. Y por eso nosotros dos podemos discutir sobre “esta” mesa o sobre “este trozo de tiza”…

-No, no… -insistió la alumna con denuedo. -Las realidades (importante ese plural…) son distintas para ti y para mí. Puedes pensar que es la misma, pero eso es sólo tu opinión. Tú no sabes cuál es la realidad que yo conozco.

-A ver… -repuse, con un largo suspiro de paciencia. -Hay un hecho innegable en nuestra experiencia común de la realidad. ¿Ves esa puerta azul que parece estar ahí para que podamos entrar y salir de clase? La experiencia nos indica que tú y yo nos sometemos a la verdad insondable que nos impone la realidad y, de hecho, los dos atravesamos semanalmente su hueco para poder encontrarnos. La realidad es la misma.

-Pero, -insistió de nuevo, esta vez no tan segura de sí misma- los dos sentimos cosas distintas cuando pasamos por esa puerta.

Fue uno de esos momentos en los que parece que la Tierra empieza a girar en sentido contrario. Me quedé atónito. Durante unos instantes no supe muy bien qué responder… Tenía tantos sentimientos contradictorios golpeando mi puerta a la vez, que no terminaba de decidirme. Por fin me lancé al ruedo:

-¿Y qué sientes tú cuando pasas por una puerta?

Al salir las palabras de mi boca, sentí asomarme al abismo del misterio más absoluto. Una genuina experiencia estética. De fondo, vagamente, como sin importancia, la alumna murmuraba un derrotado “mmm… nada…”.

La puerta en cuestión es una puerta azul, de conglomerado, con una ventana vertical en la parte superior. Nada del otro mundo. Sin embargo, por unos brevísimos instantes, esa puerta se transformó en un misterio ancestral. En el Arco del Triunfo de París, en la Puerta de la Ciudad Prohibida de China, en la puerta de 221B Baker Street o en las puertas de las Minas de Moria. Todas ellas y ninguna, una nueva, una puerta especial que te conducía a una realidad nueva, distinta, personal, cobrando sólo el portazgo del sentimiento. “Pero los dos sentimos cosas distintas cuando pasamos por esa puerta”.

Mundos enteros -meramente posibles-, historias, siglos y siglos, eones, perspectivas, experiencias. Vivir la experiencia del asombro, del impacto sensible que posibilita la belleza de la realidad. El gran misterio de la belleza de la realidad.

En ese instante quise poder tener el espíritu capaz de comprender el misterio. Más tarde recordé que Chesterton repudia cualquier esfuerzo por enquistar el misterio en la propia cabeza.

Quise poder atrapar esa experiencia del misterio -una experiencia personal y real-, como si fuera una hoja de otoño arrastrada por el viento, y ofrecérsela a esa alumna.

Continué la clase. Terminó la jornada. Volví a casa.

Luego medité en la belleza de exprimir el misterio de la realidad. De admirar con Dostoievski, casi venerar, esa belleza de la realidad que nos salva.

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