El blog de Javier Rubio

Historia, historias e historietas

Sobre la importancia de la historia como fulcro de las ideas

Ayer tuve la valiosa oportunidad de escuchar a un sabio y experto hablar de historia.

En la magnífica lección inaugural de don Alfredo Alvar. La ocasión fue la inauguración del programa de doctorado en humanidades de la Universidad Francisco de Vitoria. El tema era atractivo, aunque podría haberse titulado mejor: “la gestión del Imperio español”. Claro que es historia, no periodismo. Se trata de los hechos, no de los titulares.

Y me da por referirme a don Alfredo como sabio y experto porque es lo que transmite. Experiencia, larga y sólida, como investigador en el CSIC. Sabiduría, como la de todos aquellos a los que realmente les gusta su oficio. Hablo de “gustar” en el sentido de “saborear”, de “paladear”. Escuchar a Alvar hablar de historia es ver a un hombre degustando los frutos de sus indagaciones y compartiéndolos con su público con el único afán de que aprecien la riqueza que él ha descubierto.

Me recordó que la historia es el fulcro en el que se entrelazan las ideas y las vidas de los hombres.

La memoria de las primeras construyen el baluarte del pensamiento humano, la riqueza de nuestro patrimonio en nuestra peregrinación temporal -generacional- por esta tierra. La memoria de las segundas, que no cabe en biografías selectas, construye la tradición de nuestros pueblos.

De alguna forma por eso resulta tan importante. La historia, con su exposición sensata de los hechos y de sus causas y consecuencias, vertebra nuestro presente en su amplio horizonte de fenómenos culturales y de costumbres cotidianas. Esta articulación, a su vez, da razón a la profunda deuda que tenemos con nuestros mayores. No pocos ecos de verdad se encerraban en esa piedad pagana que rendía culto a los ancestros. El respeto a la historia tiene mucho sentido en culturas genuinamente religiosas, que conocen su vínculo de dependencia respecto a lo que se reconoce como recibido gratis.

La historia es, por tanto, ajena a cualquier planteamiento ideológico.

Se resiste a él hasta la muerte. Casi se puede decir que, en el momento en que la ideología usurpa la cátedra de historia, ésta perece.

La explicación es sencilla. Si entendemos por ideología aquella explicación -del tipo que sea- impuesta sobre la evidencia de las cosas, resulta claro que la historia se revela. Porque la historia no son sólo “las historias”: la del pensamiento alemán del siglo XIX, la del arte moderno o la de las armas medievales. La historia no se edifica sobre recortes de periódicos antiguos o sobre legajos que datan la fecha de nacimiento de ciertas personalidades. Las fechas, los nombres, son garantes de una cierta veracidad. Pero no pueden escapar a la voracidad de la hermenéutica moderna.

La historia es, en parte, todo eso y en parte mucho más. Es el relato del devenir de las experiencias del ser humano que camina, que avanza por el tiempo, y que se esfuerza por dejar testimonios de su paso. Quizá para que no cometamos sus mismos errores. Quizá como una respuesta a la imperativa curiosidad del ser humano, que no se abastece solo de explicaciones de laboratorio, sino que se preocupa también por conocer los porqués de su presente.

Todo ello nos obliga a mirar hacia el pasado. Para aprender. Para conocer y reconocer.

Personalmente creo que entendí por primera vez lo que es la historia, de forma vaga y confusa, leyendo el Hobbit de J.R.R. Tolkien. Me refiero al célebre episodio de los trolls que se convierten en piedra, cuando el mago Gandalf vuelve justo a tiempo para salvar al grupo de aventureros después de haberse ausentado. El diálogo es bastante interesante:

—¿Dónde has ido, si puedo preguntártelo? —dijo Thorin a Gandalf mientras
cabalgaban.
—A mirar adelante —respondió Gandalf.
—¿Y qué te hizo volver en el momento preciso?

Mirar hacia atrás.

Mirar adelante es bueno. Mejor aún, es necesario. La civilización avanza. El progreso tecnológico nos permite soñar con un mundo en el que desaparezcan las peores enfermedades, el hambre, la indigencia. Pero lo que nos da una perspectiva real sobre el momento presente no es el ideal futuro, sino la experiencia del pasado. El mirar hacia atrás.

Como apunte de actualidad, a la luz de lo dicho, se me ocurre comentar que a lo mejor tiene más sentido mirar hacia atrás para redescubrir la grandeza de la historia que nos une que mirar hacia un futuro con ensoñaciones de una dudosa grandeza dividida.

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