El blog de Javier Rubio

La Cruz Roja pide sangre en la universidad

Y la universidad se la concede

Un autobús de la cruz roja en una campaña de donación de sangre, aparece en el parking de la Universidad Francisco de Vitoria…

Y siempre tiene cola. A mí me gusta donar una vez al año, al menos. Me parece un acto de responsabilidad social. La sangre es muy valiosa y es el único tangible que podemos aportar a los hospitales sin perder a cambio. En un par de días, si no antes, se recupera. Pasas la incomodidad del pinchazo y la espera, claro. Pero qué es eso cuando realmente estás ayudando a salvar vidas. El subidón de autocomplacencia es inmenso.

Además te regalan una bolsa de patatas fritas y una lata de refresco. Porque los enfermeros de la Cruz Roja son muy majos.

En definitiva: un negocio redondo. Das, no pierdes, te dan, no pagas… y te sientes fenomenal. Un auténtico superhéroe anónimo.

Esperadme un momento. No estoy haciendo publicidad de una campaña de donativos de sangre. Yo mismo dono sólo una vez al año, cuando tengo entendido que se puede hacer más veces. ¿A qué viene, pues, todo esto?

Allí, tumbado en la camilla y cerrando y abriendo el puño de manera intermitente para llenar la bolsa de sangre tuve una epifanía.
William-Adolphe Bouguereau (1825-1905) – The_Remorse_of_Orestes_(1862)

Una epifanía un poco de andar por casa, pero es lo que hay. Entre las tragedias del gran Esquilo hay una que siempre me ha llamado la atención y que suele pasar desapercibida. Es la tragedia de las Euménides, en la que Orestes escapa de la venganza de las diosas Furias y se ampara en el templo de Apolo. Las Furias perseguían los delitos cometidos entre lazos de sangre. Previamente, Orestes, vengando a su padre Agamenón, había asesinado a su madre, Clitemestra. Así que las Furias -después llamadas Euménides- se pusieron al ataque. Al llegar al templo de Apolo, el dios las expulsa, considerándolas como despreciadas.

Entonces se entabla un curioso diálogo entre el dios Apolo y las Euménides:

APOLO: No os está permitido entrar a este templo.

FURIAS: ¡Pero esa es la misión que se nos ha asignado!

APOLO: ¿Qué misión es esa? ¡Presume de tu honroso privilegio!

FURIAS: Echar de sus casas a los matricidas.

APOLO: ¿También sis e trata de una mujer que haya matado al marido?

FURIAS: No puede admitirse que haya un asesino de la misma sangre con su propia mano.

Siempre me ha llamado la atención el matiz de las Furias. Es lícito condenar a Orestes porque ha atentado contra su misma sangre. Clitemestra, en cambio, asesina a su marido con quien no comparte vínculos de sangre.

No se trata de que ahora mismo haya un señor, una señora, una chiquilla o un chaval paseándose por vete a saber tú dónde con algo de mi sangre a cuestas.

Eso es una forma extraña de planteárselo. Sea o no verdad. La luz que me deslumbró la mente por un instante fulgurante tiene que ver con el hecho del valor de la sangre. Para los antiguos la sangre era la propia esencia: uno mismo, lo más mío, lo más propio.

Y ahí estaba el camión de la Cruz Roja con una fila enorme de jóvenes universitarios y profesores más que dispuestos a otorgar algo de sí mismos, de una manera casi rutinaria.

Ver que, de las aulas donde se custodia precisamente el recuerdo de Apolo, de Esquilo y de toda la sabiduría griega, salían personas a participar en este acto cívico me hacía pensar que a lo mejor nos concentramos demasiado en lo que hemos hecho mal.

Hemos hecho mal muchas cosas, pero también hemos logrado hacer cosas tan buenas. Tan bien hechas. No sólo ya no es necesario que haya un grupo de diosas ajusticiando a matricidas. No hay lugar para matricidas en la Universidad. De ningún tipo. Hay, en cambio, cientos de donantes de sangre, dispuestos a derramar sólo su propia sangre para salvar a otros. Redención, en vez de condenación.

Y un autobús de la Cruz Roja en el parking de la Universidad Francisco de Vitoria.

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