El blog de Javier Rubio

La esperanza que nos salva del agotamiento

Reflexiones de domingo por la noche. Casi lunes.

La esperanza de llegar a los viernes.

Veo gente cansada, que brega para llegar de lunes a viernes. Las sociedades occidentales se han convertido en enormes hormigueros de anónimos. Pululamos incesantemente para lograr la mayor productividad. Se nos insiste desde muchos foros que lo más importante no es lo que decimos y lo que hacemos, sino lo que somos. Muy importantes son las tres cosas, pero la raíz es ese “¿quién somos?”, que no se contenta con un nombre sino que parece vacío hasta que lo llenamos con cosas.

Porque a la vez se nos asegura que podemos lograr todo lo que nos proponemos. Siempre que pongamos el esfuerzo suficiente. Tus sueños se harán realidad, tus proyectos se cumplirán. Lo importante es no desistir, no cejar… Mira el ejemplo de X, mira el ejemplo de Y. No tenía nada en la vida y ha conquistado el Olimpo del éxito.

Esa potencia humana, prometeica, es lo que nos define como personas en esta Europa del siglo XXI. Ya que no tenemos un Dios, nos convertimos a la religión de Mr. Wonderful y de los éxitos al alcance de la mano. Esa herejía es vieja como la historia del hombre, pero esta vez es más corrosiva.

La herejía del “si quiero, puedo”.

No hablamos ya del súperhombre de Nietzsche, ni de los profetas de la angustia humana como fuerza suprema. Lejos queda la genuina lucha por las libertades y por la verdad. (La verdad… ven conmigo a buscarla, la tuya guárdatela). Lo que aparece ante nuestros ojos no es la manzana del árbol del Paraíso. Hablamos de otras manzanas, si acaso.

Es la herejía del “si quiero, puedo”.

A parte de una ausencia total de realismo, esta herejía es agotadora.

Falta de realismo…

Ausencia de realismo porque, sencillamente, no es cierto. Hay muchas cosas que queremos en la vida que nunca vamos a lograr. Por más esfuerzo que pongamos. Precisamente porque no dependen del esfuerzo que pongamos. Yo puedo desear con todas mis fuerzas que los catalanes vuelvan a sentirse tan parte de mi patria como yo mismo, o que se acabe el hambre, o que no vuelva a haber más guerras. O que todas las personas en el paro consigan un trabajo digno… Nada de eso va a suceder por más que me esfuerce.

Obviamente esto no significa que no debamos poner lo mejor de nuestra parte. Pero no depende de mí. Por eso, si no lo logro -por más que lo quiera- no es por falta de esfuerzo, sino por la realidad misma. Y todos los misterios que encierra esa indomable realidad.

Y agotamiento existencial…

Todo esto, además, nos agota. Hablaba de hormiguero, de hormigas. Vamos y venimos. Trabajamos durante muchos años de nuestra vida. Gastamos horas y horas de nuestro tiempo lejos de las personas a las que amamos. A veces en trabajos en los que no tenemos una posibilidad de cumplir nuestra misión en la vida. Y todo por la diosa Productividad y el dios Dinero -o Ambición, que suelen ir de la mano. La cloaca de Mr. Wonderful con sus “si quieres, puedes” conduce en muchos casos a las más oscuras sombras del sinsentido y la depresión.

Mi apuesta personal: la esperanza que nos salva.

La gran apuesta que cabe hacer, me parece a mí, es la de la esperanza cristiana. La esperanza del evangelio de hoy: la de los jornaleros contratados a lo largo del día, que reciben la recompensa prometida. Que no es una esperanza del “si lo quieres, lo logras”. Es más bien una esperanza del “si te caes, te perdono, te levantas y seguimos adelante”. Tenemos que poner lo mejor de nuestra parte -cierto-, pero no nos toca a nosotros decidir cómo fructificará ese esfuerzo.

Como antaño, cuando nuestros antepasados se dedicaban sobre todo a cultivar y ponían en manos de Dios el fruto de las cosechas (en una ceremonia litúrgica otoñal, dicho sea de paso). Luchaban día a día contra las inclemencias, el mal tiempo, la escasez… Y luego rezaban.

No hablo de la esperanza como una terapia de autoayuda. En ese caso no estaría muy lejos del mismo Mr. Wonderful. Es una opción radical de vida que tiene mucho que ver con confiar, amar a un Dios al que no veo -pero que da sentido a lo que soy, a lo que hago y lo que digo-, sentir su perdón infinito y poner en sus manos mi esfuerzo diario.

Yo creo que esa es la esperanza que nos salva. Para empezar, de ese agotamiento que embarga al hombre de hoy.

Acaso algo tiene que ver todo esto con la advertencia de “si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos”.

 

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