El blog de Javier Rubio

Ante la superficialidad del dividir, el abismo

O por qué el amor es enemigo del bisturí

Gandalf, el gran enemigo de la división sistemática.

Si  el gran pecado del último pensamiento escolástico fue ese extrañísimo y sutil juego de distingos, la enfermedad de la modernidad es la obsesión con dividir. Nótese que no he hablado de “pensamiento moderno”. Y nótese, además, que no me refiero al ejercicio de dividir propio de la matemática. Me refiero, más bien, al loco empeño por romper las cosas para descubrir la irrelevancia de cada parte por separado.

Gandalf, el magnífico mago del mundo de Tolkien, reprochaba de esta manera la estulticia de su colega, Saruman:

He that breaks a thing to find out what it is has left the path of wisdom.

(Quien rompe algo para descubrir qué es ha abandonado el camino de la sabiduría).

(J.R.R. Tolkien, The Lord of The Rings)

Todo el gran esfuerzo integrador de la Edad Media se marchita y comienza una época en la que las ciencias se alejan cada vez más de las letras. La realidad se aleja del horizonte del pensamiento humano. En la Modernidad lo dividimos todo: cuerpo y alma, pasado y presente, moral y política, los estados entre sí… el cristianismo se fracciona y el ser humano camina sin una visión general hacia la llanura seca del solipsismo.

La división llevada a la locura: el pecado de Saruman.

Sólo y cada vez más ajeno a un sentido avanza el hombre moderno, orgulloso de su inútil autonomía. A Dios lo ha dejado hace tiempo sentado en una vitrina, como otro recuerdo más del pasado. Entre el siglo de las luces y el siglo de las colonias, el mundo se hace cada vez más pequeño, más comprensible y menos misterioso. El hombre busca una cura a su soledad con medicinas sociales, con pertenencias nacionalistas y partidistas… en vano. Se ha incapacitado para apreciar el menor retazo de vínculo verdaderamente cultural.

Exageramos un poco. Es en las últimas décadas cuando el hombre del occidente cristiano ha dejado de rezar el ángelus y el rosario. Ha dividido su vida entre el domingo -que va a misa- y el resto de la semana. O no van a misa. Todo hoy está dividido, porque todo debe estar catalogado. Como el pobre diablo del cuarto Principito, condenado a contar estrellas para poder poseerlas y por eso mismo incapacitado para apreciar siquiera una. Todo está dividido compartimentalizado. Personas, sociedades, instituciones, objetos, el mismo espacio y el tiempo.

Aquí debo distinguir: la división puede ordenar. En este caso la profundidad del criterio conque establezcamos el orden lo hará más o menos humano. Si mi calendario se divide en días laborables y días de asueto, le estoy dando un pobre significado a mi tiempo. Y, desde un punto de vista creativo, las posibilidades de enriquecimiento son infinitas.

Hoy, por ejemplo, es el cumpleaños de Bilbo Bolsón y de su sobrino Frodo. Ahí lo dejo.

Pero hemos ido más allá. Nos hemos roto a nosotros mismos. El grito de Nietzsche “¡Dios ha muerto!” acaso se debe sustituir por “¡El hombre ha muerto!”. En vez de descubrir qué somos, estamos descubriendo nuestra enorme insensatez.

La enseñanza del Arca de Noé: distinguir, no dividir.

El feminismo que llena las pantallas y las ondas de radio: división sin sentido.

Absurdo movimiento de independencia catalana: división sin sentido.

Pretensión de que lo que soy y lo que quiero ser son cosas diferentes: división sin sentido.

Combate insensato contra la única institución sensata por naturaleza, la familia: división sin sentido.

Autoidentificación cultural con partidos o ideologías políticas: división sin sentido.

Y un tristemente largo etcétera.

No creo que esto deba ser así. Ha existido un loable movimiento a favor de los derechos de la mujer. También han existido guerras de independencia del todo justificables. Creo que es posible y necesaria una mejora personal, un crecimiento (único sentido de la educación, por más que se quiera transformarla en una fábrica de gente útil). Creo que las diferentes instituciones políticas -la división de poderes y de partidos- aunque no necesariamente buenas de por sí, pueden serlo. Estoy convencido de que la autoidentificación cultural es inevitable.

¿Cuál es la diferencia? El secreto está en el proyecto de Noé y su Arca. Buscar la distinción, antes que la división. Amor romántico y amor sagrado no son cosas diferentes, son facetas distintas de un mismo querer humano. Hombres y mujeres distintos (porque lo son), pero nunca divididos. Partidos distintos, pero una meta común: la búsqueda del bien de las personas a las que representan.

En definitiva (ese gran “en definitiva” de todos los temas), el mandamiento del amor. El único abismo capaz de salvar la superficialidad que nos divide.

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