El blog de Javier Rubio

Curiosidad penúltima

La ascensión hacia la maravilla

Curiosidad en un paseo por Cambridge.

El paseante que abandone Bene’t Street para conocer uno de los templos más viejos de Inglaterra, la Iglesia anglo-sajona de San Benito, no tiene que dar más de un par de pasos para descubrir una verdadera curiosidad. Debe ser un espíritu curioso capaz de traducir símbolos y palabras que resuenan como ecos olvidados del pasado en cada esquina de la ciudad. En efecto, un poco más adelante en la calle Free School Lane se encuentra el antiguo laboratorio de la universidad, The Cavendish Laboratory, con un pórtico notable y unas puertas centenarias, acaso más notables aún.

Por AnthonyR2010 (flickr)

En el dintel de las puertas, en letras góticas difícilmente legibles, aparece el siguiente mensaje:

Magna opera Domini exquisita in omnes voluntates ejus.

Se trata del segundo versículo del salmo 110 de la edición Vulgata de la Biblia. Puede traducirse al castellano como “Grandes son las obras del Señor, indagadas por todos los que las aman”.

¿Un versículo de un salmo en el laboratorio de una de las mayores universidades del mundo?

El camino de la curiosidad.

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La palabra “exquisita”, que he traducido como “indagadas”, se forma por la unión del prefijo “ex-” con el significado de “desde” y “quaerere”, que significa “indagar, investigar, preguntar”… La “exquisitez” que se haya en las obras del Señor provienen de un esfuerzo de descubrirlas, desentrañarlas, abrir la propia razón para abrazarlas e incorporarlas a la vida.

El ejercicio de investigar brota de las raíces mismas de la vocación humana. Entiendo “vocación” como la tensión del ser humano hacia aquello que le llama. El ser humano, desde que abre sus ojos infantiles por primera vez con el afán de dar sentido a todo cuanto le rodea, se encuentra en el camino de búsqueda de la verdad.

Esta búsqueda es como una sed, que se satisface paulatinamente pero que jamás debe apaciguarse. El hombre es hombre porque abre su razón a la maravilla siempre enriquecedora y siempre cambiante del otro, de los otros, de las personas y del mundo que lo rodea. Es éste el asombro que nos transforma en perpetuos investigadores, semper ultra, siempre más allá. Es el camino de la curiosidad.

La curiosidad de James Clerk Maxwell.

La pregunta del curioso puede ser… ¿a quién se le ocurrió la idea? ¿Quién osó poner el versículo de un salmo a la entrada del famoso laboratorio? Al parecer, ni más ni menos que James Clerk Maxwell, uno de los mayores físicos matemáticos de todos los tiempos. Escocés, para más señas, que formuló la teoría clásica de la radiación electromagnética, padre de las ecuaciones que llevan su apellido.

Un escocés, físico matemático, se plantó en 1874 -en ese supuesto primer ensalzamiento del fervor agnóstico de la ciencia- y puso el versículo de un salmo en la puerta del laboratorio, como oración de rezo obligatorio para entrar a “realizar el mester de la física”.

James Clerk Maxwell, que no daba puntada sin hilo, había descubierto que:

“Christians whose minds are scientific are bound to study science that their view of the glory of God may be as extensive as their being is capable of”.

(L. Campbell, The life of James Clerk Maxwell, 404-405).

“Los cristianos cuyas mentes son científicas, están destinados a estudiar la ciencia de modo

que su mirada de la gloria de Dios sea tan extensa como su ser sea capaz”. No se trataba de mezclar ciencia y religión dentro del laboratorio. Se trataba, más bien, de valorar el descubrimiento del laboratorio a la luz de la gloria de Dios.

Image result for roger wagner y andrew briggsLa curiosidad penúltima.

Este es el título del libro de Roger Wagner y Andrew Briggs -artista y físico matemático oxonienses-. En Oxford he tenido la invaluable fortuna de atender a la conferencia del profesor Andrew y del estrujar sus ideas ha nacido este artículo.

La curiosidad penúltima es la del hombre de ciencia -sea la ciencia que sea- que comprende con humildad que su intelecto no es más que un don. Lo ha recibido. Nadie se lo ha dado. Y  no hay forma más fértil de pensar que la del sabio que se asombra de la maravilla de las obras de Dios. O en el asombro de la perfección -genuino orden del caos- que es la naturaleza.

Para todos: hombres de ciencia y paseantes curiosos de Cambridge, creyentes y ateos, es válida la invitación del salmo. Aprende a querer (amar) las obras que buscamos… que consideramos “exquisitas”. Y atrévete a acercarte a la “curiosidad última”.

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