El blog de Javier Rubio

Distinguir o dividir… sutilezas importantes

Para una época de gente ofendida

Manifestación de Charlottesville. Edu Bayer for The New York Times.
Primera distinción: ¿el contexto? somos una generación ofendida.

Hay partidos políticos que surgen de la indignación popular (de los que se irritan por sucesos indignos, literalmente). El programa diario de noticias es un escaparate de gente ofendida. Sistemas legislativos enteros se empiezan a reconstruir firmemente apoyados en la gran capacidad de ciertas minorías de sentirse ofendidos. La ofensa define pasiva y activamente los nuevos tabús sociales. Nos hemos olvidado del arte de distinguir.

La consecuencia es alarmante: en una cultura insensata -todas lo son un poco- se arranca de la estructura cualquier posible libertad de juicio propio. Hay ciertos temas de los que, sencillamente, no se puede opinar. O, cuando menos, supone un serio riesgo social. Señoras y señores. Charlottesville o lo sucedido en la reciente manifestación de Barcelona han sido, acaso, un par de puntos más en la larga línea de insensateces.

Segunda distinción: cómo usamos las palabras.

Insensato es una buena palabra para definir al no pensante. Y es la enfermedad generacional. Donde en otros tiempos había seso -quizá demasiado- hoy sólo florecen sentimientos. El gran problema de los sentimientos es que son flores efímeras, fogonazos difícilmente estables. Distingo: el sentimiento es una riqueza increíble cuando está sometido (sí, esa es la palabra justa) al correcto uso de la razón y la voluntad.

Una nueva consecuencia: cualquier afirmación en cualquier tema se pasa bajo el tamiz de un sentimiento desenfrenado y sin juicio. Si yo digo, por ejemplo:

/No me parece justo que un hombre que atraviesa una operación de “cambio de sexo” (comillas ofensivas, lo sé) participe en competiciones deportivas de mujeres/.

Pretendo que esa afirmación se tome ante todo como un juicio racional, susceptible de ser sometido a todas las pruebas racionales adecuadas. Discutamos, pero que el objetivo de la discusión sea descubrir la verdad -no la tuya ni la mia, “ven conmigo a buscarla, la tuya guárdatela”…- no tacharnos de “feminazis”, “machistas”, “misóginos”, “comunistas” o “fachas”. Términos, por lo demás, completamente “bumerán”… sólo sirven para ofendernos mutuamente y significan poca cosa.

Solución: un repaso a la ciencia de las distinciones. La lógica.

Creo que este problema se podría solucionar estudiando algo de lógica en las escuelas.

Se trata de enseñar a pensar: no enseñar a pensar algo, o en algo, o en alguien. No. Enseñar a pensar. Enseñar, por ejemplo, que a parte de la relación de identidad (de algo consigo mismo), todas las demás relaciones suponen una cierta contrariedad (aquello de que /a/ no es igual a /no a/). Yo me relaciono con los demás como distintos de mí mismo. Y eso no sólo es “bonito” porque “nos complementamos” y porque “permite que salgamos de nosotros mismos” y “permite crear lazos de comunión”. Eso es así, en primer lugar, por necesidad pura y dura.

Cuando dividimos, en este sentido, lo hacemos entre distintas “unidades”, distintos “todos”.  Una mesa es diferente a la página de un libro.

El matiz lógico que aporta la palabra “dividir” se refiere a la división. De hecho la etimología apunta a eso: “di” o “dis”, prefijo que indica separación, y la raíz indoeuropea “weidh” que significa también separar. La división indica la separación entre cosas distintas.

Cuando distinguimos, lo hacemos entre las distintas partes de un mismo todo. En una misma paella distinguimos los ingredientes. Obviamente son ingredientes diferentes si los tomamos como “todos”. Pero en la misma paella no son más que partes de un mismo todo. Dicen que la distinción es la gentileza del filósofo, porque ayuda analíticamente a comprender conceptos muy complejos. Los grandes maestros de las distinciones eran los escolásticos medievales -quizá hasta un extremo algo exagerado-.

Un ejemplo: distinguir “lo que nos define” de “cómo nos definimos”.

Me intriga la facilidad con la que nos definimos de las maneras más absurdas, y siempre en relaciones vacías. “Yo soy un patriota”, “yo soy feminista”, “yo soy de derechas”. Hagamos un ejercicio de sensatez.

En primer lugar “yo soy yo”. Mírate al espejo y descríbete, desde lo más básico hasta lo más superficial. Empezando por el magnífico hecho de tu misma existencia y procediendo por peldaños ascendentes…

“Yo soy un ser humano”. ¿Y qué implica eso? Quizá que compartes algo fundamental con todos los individuos de la especie humana. Nos acercamos peligrosamente a la noción de “naturaleza humana”.

“Yo soy persona”. Es decir, tengo una dignidad fundamental que no me la he dado yo a mí mismo, sino que cuento con ella por ser lo que soy.

“Yo soy hijo/hija/padre/madre/hermano/hermana…”. Es decir, soy miembro de la comunidad social más elemental, la familia. Supongo que algunos en este peldaño pondrían “la tribu” o “El partido”. Habrá que preguntarse el por qué…

Y así sucesivamente. En el fondo, es un ejercicio de análisis desde lo más sustancial que hay en cada uno de nosotros a lo más superficial. Puede hacerse al revés. Será interesante ver en qué grado incorporas tu “feminismo” o tu “ser de derechas”. Será interesante ver por qué está en ese peldaño y qué significa.

En definitiva…

Pero lo más interesante será el ver que tu conservadurismo político, tu liberalismo económico, o tu feminismo social no te definen como persona humana. No te diferencia del resto de seres humanos que son distintos de ti, a no ser que creas en el totalitarismo. Sólo te distinguen en un contexto bastante superficial.

La distinción, la diferencia no tienen por qué indicar división. Debemos poder pensar de forma distinta, ver el mundo de forma distinta, creer en dioses distintos, apoyar a distintos partidos políticos y, a la vez, poder comer en la misma mesa.

Discutamos con razones. Distingamos hasta el infinito y más allá. Pero no nos sintamos ofendidos.

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