El blog de Javier Rubio

Correr otra vez tras el propio sombrero

La lógica del optimista también funciona

Dibujado por el autor

Antes de nada quisiera justificarme en este foro por mis ausencias. Con la defensa de mi tesis en ciernes no he podido rascar los minutos que me hubiera gustado para poder escribir. Este próximo mes estaré bastante ocupado. Espero retomar un mejor ritmo hacia finales de julio. Tendré muchas cosas que contar. Gracias a todos los que leéis este blog con frecuencia por vuestra comprensión.


“Correr tras el propio sombrero”

En uno de sus brillantes artículos Chesterton defiende la practicidad del optimismo con el ejercicio de correr tras el propio sombrero (Cf. “On running after one’s hat“). La lógica del gigante inglés es clara: en una mañana ventosa a un caballero se le vuela el sombrero. En ese momento el susodicho caballero puede tener la opción de rabiar: alzar un puño airado contra las fuerzas ingobernables de la naturaleza. Pero también tiene la opción clara y precisa de transformarse por unos instantes en atleta, dar rienda suelta a la fantasía olímpica y correr con gallardía y desparpajo tras el propio sombrero.

Uno podría pensar que el imaginarse en un estadio corriendo los cien metros lisos jaleado por el público es una fantasía inútil. Tan inútil como alzar el puño contra Eolo. Lo cierto es que no es así: ser optimista es tan práctico como ser pesimista. O eso defiende Chesterton. La imaginación puede enriquecer la experiencia del fastidio y transfigurarla en una experiencia no sólo placentera, sino gloriosa.

Hoy en día tenemos muchos motivos para ser pesimistas. Esta misma semana ha estado cuajada de desplomes descomunales que no vaticinan nada bueno para el futuro de España. Pongo un pequeño puñado de ejemplos.

Algunos motivos para ser pesimistas…

Hemos asistido todos al acto solemne de confirmación por el que el heroico guerrero social de los últimos tiempos -de nombre paulino y apellido clerical-, desesperando de la infertilidad de los “escraches”, de las manifestaciones en Sol y demás instrumental de lucha social, ha cedido ante el poder omnímodo de un Estado institucionalizador. Qué palabra más horrenda.

Hemos asistido, también, al derrumbe del gigante que todos creíamos de pies de diamante, pero que resultó ser de pies de zirconita. O de barro. Del malo. En efecto, aquel héroe olímpico de nombre cristiano se desplomó desde las alturas de la liga de Campeones a las profundidades haciendales del fraude. ¿La respuesta del semidiós? Huir por patas a algún país que le ampare sus trampas.

Por fin, el calor. Este calor que hemos tenido y que da un poco de mala uva. Porque resulta que los predicadores del cambio climático han dado en el clavo. El clima de la tierra está en una época de cambio, como tantas que ha habido a lo largo de la historia. Para los que nos consideramos conservadores -que tenemos un ojo puesto en el pasado y otro en el presente, y que vemos el futuro con el rabillo o con miopía- esto no nos llama realmente la atención. Como dicen: ha pasado, pasa y pasará. Pero este calor… ¡madre mía! Qué calor.

Ahora, miramos esos ejemplos con los ojos de G. K. Chesterton…

Y como estos tres ejemplos muchos más. Una lista tan larga y tan pesada que exige que hagamos el ejercicio chestertoniano.

Porque con la mirada del héroe de Battersea podemos descubrir que Pablo Iglesias, por ejemplo, es un dragón que ha logrado penetrar con su ejército de orcos en el palacio del Reino. Se ha tumbado en su montaña de oro y no está dispuesto a que lo muevan de ahí. El enorme gusano que pretendía destruir el Reino lo quiere ahora para sí y para su gente. En el momento en que descubramos que nuestros monarcas del hemiciclo son dragones con rostros humanos, la política se podrá convertir en una aventura fantástica. Que es, realmente, el lugar que le corresponde.

El calor nos puede trasladar a un desierto, convertirnos en aventureros de las dunas. Nos obliga a usar todo nuestro ingenio para combatirlo: avanzar velozmente de sombra a sombra, agazaparnos detrás de setos y soportales, racionar el agua fría, decidir el mal menor entre el aire acondicionado y el calor incondicional, ajustar el horario de las persianas y ventanas de la casa… Todo se convierte en una estrategia definitiva para alcanzar la victoria.

Lo de Cristiano nos ha transformado a todos en expertos en derecho fiscal. De pronto todos somos abogados que dominamos hasta el último vericueto de las profundidades abisales de la hacienda pública. Todos y cada uno de los españoles es la encarnación de la fusión de Catón y Atticus Finch. Las tertulias de los últimos días, que antes eran meramente deportivas, se han teñido de vocabulario jurista. Quien no sea capaz de ver lo divertido del caso o es ciego o ha perdido el sentido del humor.

Os invito a practicar el método Chesterton. Vale para todo y te hace sonreír.

A propósito, últimamente veo en las tiendas cada vez más sombreros. Otro motivo para ser optimistas.

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