El blog de Javier Rubio

La diosa naturaleza y otras paparruchadas

Los pecados más intelectuales a veces son muy estúpidos

La diosa madre “Naturaleza”.

Algo que ignoran los jugadores del Real Madrid cuando celebran sus títulos es la identidad de la diosa venerada. Cibeles, también llamada Gea, Rea o Démeter. Diseñada por Ventura Rodríguez, el terror del Románico español, que decidió escoger el nombre y el motivo frigio, muy al gusto masónico-ilustrado de la época. Se podría hacer una biblioteca entera de las relaciones de la masonería con el culto a la Madre Tierra. Pero respetaremos por ahora su presunción de agnosticismo culto y diremos, simplemente que Cibeles es, en efecto, la versión frigia de la Madre Naturaleza. Quienquiera que sea esa señora.

Por supuesto, mucho antes que eso -bendito paganismo del siglo XXI- es la diosa del Real Madrid. Sentido común 1 – simbología masónica pseudointelectual 0.

Etimologías…

¿Quién es la Madre Naturaleza? Nadie. No es un “alguien” a quien querer, respetar y proteger. “Naturaleza” dice, ante todo, “mundo natural”, “universo físico”. Fracaso de la deriva postmoderna de las lenguas. Su origen es tan hermoso como sus pretensiones: del verbo nascere, en latín (nacer) en su forma de participio de futuro activo natura (“que está para nacer”, como el famoso morituri te salutant del circo romano: “los que están para morir te saludan”). El sufijo “eza” en castellano significa cualidad. La cualidad de aquellas cosas que están para nacer, que tienen en sí el principio que las hace capaz de nacer, de reproducirse.

No las “cosas naturales” que vemos entorno nuestro. No. “Naturaleza” es la cualidad de plantas, animales y personas. ¿El agua, el aire, los desiertos, las estrellas, las nubes y las montañas? Todas esas se han colado. ¿La capa de ozono? También se ha colado.

De Cibeles al Jinete del Dragón, pasando por una Gran Idea

¿A qué viene toda esta diarrea contra el moderno concepto de “naturaleza”? A que antes tenía otro nombre, mucho más sensato y mucho más claro, pero que hoy es inviable: la creación. Inviable porque creación se refiere a un Creador… y vamos… Venerar a Cibeles y a Tritón, pase. Pero eso de un Dios creador, teológica y filosóficamente consistente, eso no hay cabeza que lo admita.

El intelectual postmoderno necesita sentirse parte de un movimiento reivindicatorio. Ante la ausencia de ideas propias, ante la imposibilidad de una reflexión consistente compatible con lo políticamente correcto, debe sumarse a una Gran Idea. Lo malo de las “Grandes Ideas” es que son siempre parte de un todo, y tienden a exagerar la parte y arruinar el todo. Si esto lo sumamos a la vanidad congénita del que se considera “intelectual” y a su ignorancia del latín y de la filosofía (es decir, de cualquier fuente de conocimiento capaz de ordenar una cabeza), el resultado es este:

“No he escrito esta historia para los que quieren gobernar el mundo. Ni para los que necesitan demostrar constantemente que son más fuertes, más rápidos, mejores que todos los demás. O para los que consideran al ser humano la cima de la Creación.
“Esta historia es para todos aquellos que tienen el coraje de proteger, en vez de dominar, de preservar, en vez de saquear, y de conservar, en vez de destruir”.

Cornelia FunkeLa pluma del Grifo.

¡Qué pena! Así arranca un cuento recién salidito de la feria del libro… Y me da una pena… Porque yo creía que Cornelia Funke era de la gente sensata. Me había leído su trilogía de la tinta, su primera entrega del Jinete del Dragón, y el primero de Reckless. Pero se conoce que la tontería del ecologismo es tan contagioso y pernicioso que alcanza también a los escritores de buena fantasía. Por una temporada pensé que Rowling era la oveja negra… Ahora empiezo a pensar que quizá Tolkien y Lewis sean las ovejas blancas.

El ser humano es la cima de la creación (con minúscula, mi buena Cornelia). Al menos en la inmensa tradición judeocristiana que ha parido a Occidente. Y por ser la cima de la creación (“Lo hiciste poco inferior a los ángeles”, dice el Salmo 8), puede el hombre cuidar de ella y darle un sentido más allá de sus posibilidades.

Porque, querida Cornelia Funke, la naturaleza es más mágica, más poderosa y más bella gracias a tus cuentos. Lo quieras o no, te has sumado al ingente y magnífico catálogo de los artistas y literatos que han colaborado con el Creador (éste sí que va con mayúscula) para hacer de la creación un hogar mejor, con más poesía, con más sentido.

Para naturalezas, la humana

Hay una naturaleza humana -¡que griten horrorizados los médicos y biólogos a la moda!-. Esa naturaleza es libre. Y esa libertad es un misterio. Nos permite colaborar con el plan del Creador o destruirlo. Las personas buenas colaboran. Las malas, destruyen. Magnífica la intuición tolkieniana: ¿elfos?, buenos… ¿orcos?, malos… Elfos: construyen con la naturaleza, la recrean a mejor, cantan, son artistas… Orcos: destruyen por destruir, gritan y su lenguaje es obsceno. ¡Ah! Los dragones también son malos (por aquello de la avaricia y el escupir fuego…)

Porque también hay que tener en cuenta que dominar es, etimológicamente, ser “Dominus”, ser “señor”. Se puede dominar bien (cuidar, respetar, hacer florecer) o se puede dominar mal… (destruir, ser progre, escribir mala literatura…) En fin, así con todo el resto de calificativos.

Y castiguemos con indignación a todos los atletas que buscan ser más rápidos, más fuertes. Castiguemos la cultura de la excelencia. Premiemos a los “protectores”, “preservadores” y ¿”conservadores”? Sean quienes sean, protejan, preserven y conserven lo que protejan, preserven y conserven.

¿Los demás? ¡Prohibido leer la historia!

Y adoremos a la Creación, como lo manda Cibeles en los Acuerdos de París.

(Se lo susurró a Marcelo en la celebración de la Duodécima).

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