El blog de Javier Rubio

Prohibición o confianza: esa es la cuestión.

O cuándo se prohibirán la risa, la poesía y el teatro.

Empiezo con un sofisma.

Y todos deberían darse cuenta. El titular es engañoso: el prohibir -de por sí- no contradice el confiar. Prohibición y confianza juegan en ligas distintas. La primera juega en la liga de las consecuencias. La segunda -o así debería ser- en el torneo de los valores, los principios y las virtudes.

Sin embargo es cierto que las consecuencias manifiesta una toma de postura general de principios. De ahí resulta un hecho históricamente reconocido: una cultura prohibicionista es una cultura agostada. Podría decir “cultura inculta”, pero no caeré en la tentación. Una sociedad con demasiadas normas concretas, con demasiados códigos, es una sociedad sin educación.

Del positivismo del derecho a los eslóganes.

Algunos empiezan a darse cuenta. De pronto han empezado a surgir caudales insoportables de eslóganes que maquillan prohibiciones. Fruto de una especie de círculo vicioso: una sociedad inculta es una sociedad que no entiende la racionalidad de una autoridad. Una sociedad que no reconoce la autoridad es una sociedad que no acepta normas. A esto se suma el hecho de que no comprende la necesidad misma de las normas. Para gobernar a esta sociedad incapaz de imponerse a sí misma unas normas mínimas de conducta ciudadana, precisa de más normas, de más leyes, de leyes más concretas… En fin. Eso. Un infierno.

“Autoritas, non veritas, facit ius”. La autoridad, no la verdad, hace la ley. Técnicamente cierto, realmente escalofriante.

“Deja a un lado los malos humos” = prohibido fumar.

Debo confesar que este artículo es, en parte, una queja. En la universidad en la que trabajo, a la que tanto cariño le tengo, han aparecido carteles con este tipo de eslóganes prohibitorios. Contra el fumar. Un segundo esfuerzo moral tras el fracaso de haber intentado excomulgar el alcohol.

Seamos serios y académicos: una universidad sin cerveza, ni es universidad ni es nada.

Tras ese fracaso estrepitoso la iniciativa de moralismo legal se ha concentrado en el tabaco. Temible enemigo de las personas, del medio ambiente -al parecer- y de casi todo. Aliado tradicional, eso sí, de profesores y de alumnos nerviosos durante la época de los exámenes.

¿Qué sucede? Sucede una ley. O peor aún: dos. Al parecer la 28/2005 y la 42/2010. Según la interpretación de la autoridad moral de la universidad, esas leyes impiden fumar a todos en casi todo el campus más verde y más abierto de España. Por algún motivo. Supongo.

A veces poner la persona en el centro de la universidad puede significar no hacer carteles así.

Prohibición o Confianza

Yo ni fumo, ni he fumado, ni fumaré. No creo que el tabaco sea más bueno que malo. Me reservo mi juicio en ese sentido. Pero suspiro por un movimiento reaccionario similar al del alcohol en su día. Ni siquiera por algún latido libertario en mi corazón. Quizá por todo lo contrario. Soy un firme creyente en el papel de la autoridad, pero creo aún más en el poder de la educación.

Si no quieres que la gente fume, educa. No prohíbas. Creo que en ese sentido es legítimo apostar por la confianza en el ser humano. No una confianza estúpida en las generaciones de hoy. Confianza en que, si educas bien a la generación del mañana podrás (deberás) quitar leyes innecesarias. No es necesario el ejercicio de la autoridad puntillosa sobre un conjunto ciudadano consciente de sus responsabilidades y cumplidores.

Ese “me da la gana fumar aquí y ahora”. No el de un millenial rebelde y maleducado. Sí el de un “post-millenial” bien educado, consciente y responsable de sus actos.

Porque la autoridad… ya sabemos lo que pasa con la autoridad cuando no hay educación ni justicia. Ya lo decía el mismo San Agustín en su De Civitate Dei:

“Remota itaque iustitia quid sunt regna nisi magna latrocinia?” (Cuando la justicia se aleja, ¿qué son los reinos si no grandes ladrones?)

Prometo escribir sobre mi universidad en clave positiva.

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