El blog de Javier Rubio

La Revolución es Narrativa

La Revolución no está en lo que se cuenta, sino en cómo se cuenta

La Revolución no está en lo que se cuenta, sino en cómo se cuenta. Esto no es nada nuevo. Felipe IV encargó a todo un Velázquez que narrara la historia de la Rendición de Breda. El pintor Sevillano supo dibujar en un cuadro a un país muy superior a su contrincante, pero a la vez misericordioso, gentil con el vencido, noble. Las lanzas holandesas se avergüenzan ante las españolas, pero el general Spínola -amigo del pintor- interrumpe al derrotado Justino de Nassau en el gesto de arrodillarse.

Otros notables ejemplos de este modo de proceder es la narración de Julio César de la Guerra de las Galias, pensada como un reportaje seriado para acrecentar su fama de caudillo en Roma. O la obra en general de Jacques-Louis David, mentiroso amigo del aún más mentiroso Robespierre, pintó al emperador pigmeo de Francia -Napoleón Bonaparte- como un Hércules a Caballo. Y como éstas, un sinfín.

La Revolución no está en lo que se cuenta, sino en cómo se cuenta.

La idea detrás de estas manipulaciones históricas, más o menos vergonzantes, es la misma: las revoluciones se fraguan no tanto en la construcción de una idea, sino en el modo en que se relata. A los hombres y a las mujeres de todos los tiempos nos encanta que nos cuenten historias. Así mantenemos la absurda empresa del cotilleo periodístico y las revistas del corazón. No nos gustan las historias ordinarias, de personas ordinarias que hacen cosas ordinarias. Preferimos héroes, hazañas, catástrofes y apocalipsis.

La narrativa construye la revolución, pero nos pierde. Sencillamente nos ofusca: son engañosas adrede. La narrativa no es sólo la historia que se cuenta, sino todos los “cómos”. Una idea tan trasnochada como el comunismo, disfrazada de coleta y malas maneras parlamentarias, es capaz de incendiar los periódicos de novedades. La coleta y la mala educación es la narrativa. El comunismo solo no convence a casi nadie.

Un victimismo nacionalista a-histórico (ya de mal gusto en el XIX) sigue pareciendo interesante a un sorprendente número de personas. El victimismo es también una forma de narrativa. Un descolocado beso homosexual en el parlamento, un autobús malsonante y antipático, intrigas de robos y estafas internacionales, espionajes por internet en ordenadores del rey del mundo… Narrativas todas de revoluciones sin ideas.

La narrativa construye la revolución, pero nos pierde. Sencillamente nos ofusca. La narrativa no es sólo la historia que se cuenta, sino todos los “cómos”.

Son todo formas narrativas, escasas de ideas y aún más de principios, con un buenismo vago en el horizonte y muchas chapuzas en el aquí y ahora.

Porque una cosa es el genio de Velázquez, de Julio César o de J-L. David. La distancia en la historia nos permite agradecer el fruto de sus manipulaciones, porque al menos son hermosas. Tenían un sentido mínimo de decencia, de decoro, de estética…

Vivimos en un mundo que predica revoluciones a cada recodo del camino. Revolución del feminismo, del lobby LGTB, del nacionalismo, de la globalización, de los indignados… Movimientos todos con grandes narrativas, pero falsas, sin ideas ni buen gusto.

Asumo personalmente dos actitudes que considero adecuadas: critico la carcasa fea y perversa, abrazo a las personas -a todas: incluso a las de las historietas de menor categoría-,… Diálogo, mucho diálogo. Estudio, mucho estudio y mucha lectura.

Y a medio día, después de comer, un buen cubo de palomitas para ver la ficción -me niego a concederle el honroso título de “fantasía”-, la triste ficción barata de las noticias. Narrativas de revolución cada vez más vacías al sabor de las palomitas.

 

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