El blog de Javier Rubio

La soledad humana, cáncer de la creatividad

Por qué la soledad deja hastiada al alma humana

Girl in window

Antes de empezar, distingo. Existen dos poderosas acepciones de esta misma palabra. Por un lado, la soledad es “pesar y melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo”. Esa soledad es profundamente humana, es un condimento del mejor sufrimiento. Si se puede hablar así. Sentir pesar por la ausencia o pérdida de alguien, denota un amor primero. El amor precisa un encuentro. La experiencia del encuentro que forja el amor es la más noble de las experiencias humanas.

La segunda acepción es más aséptica, más esquemática: “carencia voluntaria o involuntaria de compañía”.

Reflexiono últimamente en la vida de escritores y artistas. En ellos encuentro una tentación muy frecuente y muy inhumana: el egoísmo existencial, la proclamación de la suficiencia del “yo”. En la película Tierras de Penumbra, que acabo de volver a ver, el egoísmo de C.S. Lewis debe romperse en mil pedazos para que pueda darse la catarsis. En ese momento su mujer, Joy, se lo suelta con ese descaro magnífico con el que Debra Winger encarna a la poetisa americana:

“I’ve only now just seen it. How you’ve arranged a life for yourself where no one can touch you. Everyone that’s close to you is either younger than you… or weaker than you, or under your control”.
(Lo acabo de descubrir. Cómo has planificado tu vida para que nadie te pueda tocar. Todos los que te rodean o son más jóvenes que tú… o más débiles que tú, o bajo tu control).

C.S. Lewis cambia a tiempo… a duras penas. Abre su corazón y descubre algo nuevo. Hasta ese momento su mente se había mantenido aguda, templada, profunda. Pero, hasta cierto punto, también descarnada. El amor y el dolor irrumpen en su vida de solterón cincuentero transformándola de arriba a abajo.

Veo la misma tentación en muchos intelectuales, escritores, académicos, artistas… Una soledad buscada, atrincherada, aislada de cualquier posible foco de inestabilidad. Amor sustituido por un “Yo” terrible y monumental. Miedo… ¿a distracciones?, ¿al compromiso?, ¿a la mirada limpia de un niño frente a la cual se siente la incomodidad de una vida enmascarada?

Veo la misma tentación en muchos intelectuales, escritores, académicos, artistas… Una soledad buscada, atrincherada, aislada de cualquier posible foco de inestabilidad.

Aumentan los solteros en la mal llamada “élite cultural”. Aumentan también los casos de depresión. Hace poco escuché que el suicidio es un privilegio mayoritario de la clase alta. Más frecuente, más joven y más innecesario que nunca.

Leo que: “un estudio realizado por los psicólogos Jens Förster, Kai Epstude y Amina Özelsel, de la Universidad de Amsterdam, revela que el amor cambia nuestro modo de pensar y potencia la creatividad” (http://www.muyinteresante.es). Noticias frescas: más allá de explicaciones de desarrollo de hemisferios del cerebro, hay una intuición de trascendencia.

El amor proporciona al hombre una mirada sobre el mundo en el que la belleza, la verdad y el bien tienen un sentido que apunta a algo más allá de las fronteras de este mundo. Algo por lo que merece la pena “crear”. El amor transmite esta luz a quien lo experimenta de verdad -más allá del sentimiento o del sexo-: en el encuentro con otro “Yo” mejor que el propio.

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