El blog de Javier Rubio

La Super Bowl 2017, un ejercicio de esperanza

¿Qué tienen que ver Tom Brady, Matrix y Tomás de Aquino? Hablemos de la esperanza…

Uno de los puntos más claros que tengo en la vida es la necesidad de resucitar la esperanza en el corazón de los hombres. Vivimos en una época en la que desconfiamos profundamente de nosotros mismos, unos de otros, en que vemos la política como un mal necesario y, peor aún, aburrido. Tampoco esperamos en Dios, ni en los sistemas religiosos.

Cuántos lunes nos asomamos al precipicio de la semana soñando ya con el próximo fin de semana o refugiándonos en la última app de nuestro móvil. Mal asunto ése de depositar nuestras esperanzas en la tecnología… ¿Nos hemos olvidado ya de Matrix?

Hoy no voy a analizar ese camino en la oscuridad por el que deambula el hombre del siglo XXI. Voy a intentar mostrar un indicio de luz: el primer destello de la linterna de la esperanza.

Es muy interesante el análisis que hace Santo Tomás de Aquino: la esperanza es el movimiento de la voluntad (por lo tanto un querer) hacia el fin que buscamos alcanzar porque ese mismo fin nos ayuda a alcanzarlo. Quiero llegar a la fiesta del fin de semana, y ese querer me impulsa a recorrer el largo tedio de horas laborales o estudiantiles hasta lograrlo.

Por supuesto, cuanto mayor y más sublime sea dicho fin, mayor será la esperanza. Si eres creyente en Dios, el querer que profesas por Dios, como fin último de tu vida, ilumina tu existencia. Esta misma estructura se replica, a una escala gradualmente menor, según la grandeza del fin que buscas: el amor de tu vida, tu familia, tu patria, tus hobbies, tu desarrollo profesional, etc.

Condiciones para que se dé la esperanza…

Por eso es una virtud (un hábito bueno), pero también una pasión que te ayuda a afrontar las dificultades para conseguir esos fines, según cuatro condiciones (Suma de Teología, I-II q.40 a.1):

1ª Que sea un bien; pues, propiamente hablando, no hay esperanza sino del bien, y en esto difiere del temor, cuyo objeto es el mal.

2ª Que sea futuro, porque la esperanza no se refiere al bien presente ya poseído; y en esto se diferencia del gozo, que se refiere al bien presente.

3ª Que sea algo arduo y de difícil adquisición, pues de nadie se dice que espera una cosa mínima y que está en su poder conseguir inmediatamente; y en esto difiere la esperanza del deseo o anhelo, que se refiere al bien futuro en absoluto, y por lo mismo pertenece al concupiscible, mientras la esperanza al irascible.

4ª Que ese objeto arduo sea posible de obtener, porque nadie espera lo que en manera alguna puede conseguir; y es esto difiere la esperanza de la desesperación.

La fórmula sería algo así como: “la esperanza que te anima es directamente proporcional al fin que quieres”.

¿Qué tiene que ver esto con el Super Bowl de ayer? El ejemplo que ilustra la teoría.

Es casi un cuento: un equipo -el más veterano, los “Patriots” de Nueva Inglaterra-, dirigido por un legendario Tom Brady, consiguió arrastrarse a lo largo de la temporada y colarse -de forma inusitada- en una final que seguro que no le correspondía. Más por orgullo, quizá, que por buen juego. Esto es opinión mía.

El otro equipo, los Falcons de Atlanta, llegaban a la final después de una gran temporada. Clásico caso de “equipo pequeño”, lleno de energía y de ilusiones.

Poco después de empezar el tercer cuarto, perdían los Patriots por la friolera de 28 a 3. En el tercer cuarto protagonizaron la remontada más abultada de la historia de las Super Bowl, llegaron al final del partido empatados. En la prórroga el equipo de Nueva Inglaterra firmó una victoria épica, el quinto máximo trofeo del fútbol americano del equipo. Todos en la era de Tom Brady -un mariscal que salió en el sexto draft– y del entrenador Bill Belichick.

 

“La esperanza permanece hasta el final”

La esperanza es lo último que se pierde, o es lo que permanece hasta el final. Precisamente porque consiste en querer un final y no otro. Cuando ese final ilumina tus actos con la luz y la fuerza suficientes, entonces vives en la esperanza.

Los Patriots no esperaban en Tom Brady, ni en Bill Belichick, ni en su experiencia, ni en su recorrido, ni en las cuatro Super Bowls precedentes. Esperaban en una victoria final muy concreta de un partido muy concreto, en unas situaciones muy concretas y contra un equipo más fuerte y más veloz que el suyo.

Ganaron y se confirmó la esperanza. Si hubieran perdido al final, esa derrota no hubiera eliminado la esperanza. Y eso es lo que hizo que ayer viéramos una final memorable. Una de esas épicas de tres horas para la historia.

En definitiva: merece la pena esperar -querer- en el fin que buscas, incluso aunque no lo alcances. Porque esa esperanza -concreta o definitiva- iluminará todo tu recorrido y te ayudará a superar las dificultades del camino.

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