El blog de Javier Rubio

La la land, la ciudad de la nostalgia

El último artículo que publiqué sobre La la land no me gustó del todo. Es lo que tiene ponerse a criticar a los críticos. Ayer volví a ver la película en el cine con mi novia, que no la había visto. Intentaré redimir mis esfuerzos vagos del otro día comentando tres puntos que me han gustado.

Puede contener spoilers.

Un sencillo paréntesis antes de empezar. No considero La la land una grandísima película en sí misma. No creo que sea de las mejores películas de la historia. Si llega a ser un clásico, lo será a pesar de un fallo que considero fundamental: haber cedido en la forma y la estructura, a favor de un regodeo nostálgico seco que en ocasiones traiciona la nostalgia buena, la del jazz y la de los musicales de época.

Dicho lo cual, la película me encanta. Y si no es un clásico para el mundo, sí lo será para mi vida. Aunque no se lleve ni un Óscar o, peor aún, aunque se los lleve todos. Os cuento por qué:

1º Es un drama de verdad. ¿En qué consiste un drama de verdad? En un desarrollo temático y estructural que, desde un conflicto, abre la narración y despliega los temas, desmoronándolos poco a poco hasta llegar a una confluencia de historias que no se cierra.

Si no es un clásico para el mundo, sí lo será para mi vida. Aunque no se lleve ni un Óscar o, peor aún, aunque se los lleve todos.

Me explico: en una historia de amor, se produce de pronto un conflicto que rompe la lógica previa de la historia. A partir de ese momento no se sabe qué va a suceder… ¿violencia o reconciliación? El malentendido amoroso puede germinar en una superación del conflicto, reforzando la situación previa al punto dramático. O, por el contrario, puede acabar fatal. Cónfer, Romeo y Julieta.

El La La land, hay un conflicto: el conflicto tan real y tan humano entre los propios sueños y el amor por el otro. Un conflicto que supone una apuesta, no necesariamente irreconciliable con la parte contraria. El malentendido se debe no a una situación imposible, sino a una falta de comunicación.

Quien diga que eso no es verídico, no ha entendido ni una palabra de la Poética de Aristóteles.

Un saludo a los críticos.

2º La música redime. El arte no es una creación autónoma. Me fascina esa escena final del Festín de Babette. Parafraseo: “Por todo el mundo resuena el grito del corazón del artista. Dejadme hacer todo aquello de lo que soy capaz“. El artista cuenta historias de sus amores: los pinta, los construye, los toca, los actúa…

La la land regala la clave de solución de su propio conflicto: el tema de la película, interpretado al final por Gosling al piano, interpretado por Emma Stone en su última prueba de casting. A pesar de que las personas traicionamos nuestro verdadero sueño persiguiendo otros espejismos, siempre permanece el grito del corazón del artista, eco del corazón del Creador.

Por todo el mundo resuena el grito del corazón del artista. Dejadme hacer todo aquello de lo que soy capaz“.

El festín de Babette, (Gabriel Axel, 1987)

3º Mi novia me hizo ver que, en el verano, en el momento dramático de la película, los protagonistas podrían haber apostado por un proyecto en común. Es cierto, y ambos lo saben. De ahí la mirada cómplice del final. Ambos son felices, por supuesto. El contraste entre el triunfo personal y el triunfo común -la historia de la canción- es una imagen de la nostalgia que embarga toda la película: buscando felicidades meteóricas, la Ciudad de las Estrellas se ha dejado otras felicidades por el camino.

Los musicales (ahora renacientes, todo sea dicho), el jazz, el sacrificio de la historia en aras de otros valores. La ciudad es así porque sus habitantes son así. La la land es una ciudad de canciones, y se transforma al placer de sus intérpretes. Pero siempre quedarán ecos más allá de la fascinación pasajera.

Leave A Reply

Your email address will not be published.