El blog de Javier Rubio

Un diálogo navideño con una feminista.

01 Aug 1969, San Francisco, California, USA --- Demonstrators remove their brassieres during an anti-bra protest outside a San Francisco department store. --- Image by © Bettmann/CORBIS

Estas Navidades tuve el raro placer de dialogar con una amiga adepta al feminismo. Hacía tiempo que no la veía y fue muy agradable compartir impresiones con ella. Supongo que la terminé sacando un poco de quicio -tengo ese efecto a veces en mis discusiones-, pero antes de seguir quisiera aclarar que seguimos más amigos que nunca. Espero volver a verla y volver a intercambiar opiniones.

El objetivo de un diálogo no tiene que ser convencer a la otra persona de las propias opiniones. En muchos casos los grandes logros de una discusión son platos rotos o una agradable tarde de tertulia. Suele depender de la buena educación de los participantes. Expongo a continuación lo que yo recuerdo de la discusión, ese momento memorable que quizá merezca la pena compartir.

Por supuesto se trata una vaga aproximación a la conversación real, sin la genial inspiración de la cerveza a mano:


-Pero, XXXXX, la “violencia de género”, así dicha, simplemente como expresión, es absurda.
-Es que no es una expresión, Javier. Es un hecho. Un hecho muy triste.
-A ver: en castellano el género de toda la vida se refiere en lógica a la noción indiferenciada que agrupa un conjunto de especies. Por ejemplo, en el caso del ser humano: género-“animal”; diferencia propia de la especie-“racional”. En gramática se refiere a los accidentes masculino y femenino.
-Eso es semántica, Javier. “Género” se refiere a la diferencia de hombres y mujeres. Llámalo como quieras. Invéntate un término nuevo, si quieres. Porque es un hecho.
-Es una diferencia sexual.
-¿Cómo?
-Está muy claro: eres hombre si naces con un aparato sexual de hombre. Eres mujer si naces con un aparto sexual femenino.
-Un hombre y una mujer son mucho más que un determinado aparato sexual en el momento del nacimiento.
-Cierto. Una antropología integral o integradora diría que el ser humano es un todo integrado. Por lo cual un elemento tan importante como la función reproductiva en un cuerpo, influye en el todo que es la persona humana. Si naces mujer -con sexo de mujer- eres enteramente mujer: en tu forma de pensar, en tu forma de ver el mundo, en tu forma de andar, comer, etc.
-Eso es un planteamiento completamente superado. Hoy en día todas esas cosas pueden cambiarse y muchos niños nacen con disforia. Ése es el punto: puedes nacer con un sexo incompatible con tu género.
-¡Puf! Para mí ese es otro problema derivado. Es cierto que lo que yo te digo se considera retrógrado. Pero en muchos casos se pone esa etiqueta al sustrato de pensamiento que ha hecho nacer esta cultura occidental en la que vivimos, que ha hecho posible también el feminismo. Pero, volviendo al punto: el sexo te determina -de hecho- como hombre o como mujer. Si quieres, como “varón” o “viril” y como “hembra” o “fémina”. Obviamente hay gente que no parece estar contenta con su sexo y decide cambiarlo. Ahí lo que hay que ver es la causa.
-¿Estás insinuando que están mal, que están enfermos? ¿Que esa inmensa cantidad de niños que quieren ser niñas, y al revés, son raros?
-No. Pero la naturaleza no es tonta. Uno de los instintos más fuertes es el de la reproducción de la especie y eso sólo se garantiza cuando hay complementariedad sexual, con todo lo que ello implica. La cuestión aquí es que el hombre (el ser humano) tiene algo especial que le permite en ocasiones ir un poco contra natura. Es su alma espiritual que actúa libremente incluso contra sus propios instintos… No sé cómo lo llamarás tú…
-Yo lo llamo libertad para corregir lo que pudo haber nacido mal. Creo que la capacidad que tenemos hoy en día -desde el punto de vista de la ciencia y la medicina- para corregir esas cosas y que esas personas tengan una vida feliz, siempre será algo bueno. Además, la sociedad se debe dar cuenta de que no son “bichos raros” como tú los pintas. Son personas como tú y como yo.
-¡Por supuesto! ¡Faltaba más! Pero eso no quita que se deba hacer un análisis. Preguntarse, por ejemplo, por qué ahora se reportan muchos más casos y se le da mucha más importancia que hace décadas.
-Porque hace décadas estábamos completamente reprimidos por un sistema político y social que impedía este tipo de libertades.
-Ese me parece un juicio precipitado y muy prejuicioso. No nos vamos a poner a hablar del franquismo, porque es absurdo. Cuando digo “antes” me refiero a la historia de la humanidad entera. Al menos en la cultura occidental, que conocemos mejor. Siempre ha habido casos de homosexualidad y de “disforia” con el propio sexo, supongo. Pero, al menos por su extrema rareza, siempre se han considerado como una enfermedad o, al menos, como algo atípico. Y no me salgas con la respuesta de la evolución de la cultura, que no es un argumento válido: en muchos casos esos ignorantes medievales que nos pintan en los manuales de historia eran bastante más sensatos que el hombre culto de hoy.
-Pues yo creo que es eso: incultura, represión y falta de desarrollo psicológico. Esto es irrebatible: en el siglo XIX no existía ni siquiera la psicología terapéutica.
-Pero veamos las estadísticas de los estudios de psicología. No soy un experto, pero creo haber leído el otro día que el 85% de los transexuales han tenido problemas serios de abuso o de ausencia de uno de los progenitores durante su infancia. El 80% de los niños que parecen mostrar interés en cosas del sexo opuesto, durante la adolescencia -de forma completamente espontánea- lo abandonan y se ajustan a los gustos supuestamente “impuestos” del propio sexo. Un altísimo porcentaje -no recuerdo la cifra, pero verdaderamente alto- de los que deciden operarse de cambio de sexo, al poco tiempo se arrepienten…
-Me parece bastante claro que el motivo es el prejuicio social, Javier. Vivimos en una sociedad encasillada en un sistema cultural de heteropatriarcado, la libertad de género está en una continua lucha contra-corriente.
-Es la sociedad menos heteropatriarcal de la historia. Jamás se ha logrado una mayor igualdad entre hombres y mujeres, aunque estoy de acuerdo en que todavía hay mucho por hacer, especialmente en ámbito laboral. Pero en ningún país o cultura en el mundo existe la libertad que hay en occidente. Eso es también herencia del cristianismo, dicho sea de paso. Para mí es un problema mucho mayor el irresponsable uso que se hace de esa libertad: vivimos en una cultura hipersexualizada, muy inmodesta, muy ignorante, demasiado tecnologizada y muy poco culta.
-Ese será tu punto de vista. Yo creo que si conseguimos que, de verdad, la sociedad haga el “click” definitivo en lo que se refiere a la libertad sexual y el triunfo del feminismo sobre el heteropatriarcado, se derrumbarán esos esquemas morales y sociales artificiales del pasado y estaremos delante de un mundo nuevo, con más posibilidades de felicidad, con menos restricciones inútiles y más igualdad y mejor convivencia entre todos los hombres. Sin diferencias.
-Pero la realidad dice lo contrario: cada vez se reportan más y más problemas en contra de esa sociedad cristalina que tú me dibujas. Parece que el ser humano se rebela contra esta apisonadora que intenta igualar lo que no es igualable. El gran problema es que, por falta de verdadera educación, la rebelión está siendo cruenta.
-¿Te refieres a la violencia de género?
-Me refiero a la violencia doméstica. De todo tipo de sexo. En las noticias salen los casos en los que los hombres maltratan y matan a las mujeres. Algo deleznable, lo más bajo a lo que puede llegar un hombre. Pero es un hecho que también se dan casos contrarios: mujeres que matan a hombres, una persona que mata a su compañero o compañera homosexual. ¿Son esos crímenes de género o no? Supongo que el llamado “crimen de género” consistirá en agredir a una persona por ser del sexo que es. En cuyo caso podrían darse todas las combinaciones posibles: mujer que mate a una mujer por ser mujer, a un hombre por ser hombre, y un hombre que mate a un hombre por ser hombre y a una mujer por ser mujer. Quien haga eso debe estar mal de la cabeza. Literalmente: en un manicomio.
-Bueno, pero históricamente siempre ha sido el varón el que ha abusado de la mujer.
-¿Históricamente? Me parece un juicio demasiado apresurado. Nuestros abuelos eran caballeros, porque los educaron así: se levantaban de la mesa cuando una mujer se levantaba, le cedían la parte interior de la acera para que no se mancharan, le ofrecían el paso y la ayudaban a levantarse cuando fuera necesario… ¿Qué hay de abuso en todo eso?


-¡Hijo mío! Eran gestos que situaban a la mujer en una posición inferior a la del hombre.
-¿Por qué?
-Porque la hacían ver como si estuviera necesitada de esa ayuda.
-No creo que fuera eso… creo que, en realidad, a los hombres -al menos a los bien educados- les enseñaban que a la mujer se le tenía que tratar con el sumo respeto. Casi con veneración. Y que la propia mujer -con la que te casabas- era el tesoro más grande que ibas a tener en tu vida. El problema es que los grandes movimientos culturales -si se pueden llamar así- del siglo XX han predicado la independencia mutua en las parejas y la banalización del “otro” como un mero compañero sexual. Pero el sexo es un don excelso, al menos eso creo yo. Y, por lo tanto, mal empleado se vuelve terrible. El matrimonio tradicional pretende proteger esta sacralidad y unirla a un vínculo de amor familiar. Además de todo esto, la violencia es violencia venga de quien venga. No es patrimonio exclusivo del varón.
– Javier, llego a la conclusión de que vives en otra época. Eso no lo piensa nadie. Es simplemente antiguo y superado. Yo que tú intentaría leer de vez en cuando algo que no sea La Razón y La Gaceta…


Termino aquí mi relato.

Me lo pasé en grande, debo decirlo. Y espero la oportunidad de volver a entablar conversación con mi amiga XXXXX, a la que le mando un grandísimo abrazo y la seguridad de mi más radical reticencia a leer el periódico.

Leo a Alfonso Ussía porque escribe bien y me hace gracia.

Leave A Reply

Your email address will not be published.