El blog de Javier Rubio

El rey Pelasgo y la justicia de respetar la propia cultura

Quejarse del gobierno es casi una propiedad del ser humano. Ante el falso ideal democrático de “no ser mandado”, descubrimos hoy con asombro que jamás en la historia se ha visto el hombre más sometido a todo tipo de autoridades. Hasta para caminar por la calle es necesario cumplir un código.

El afán autoritario llega a amenazar otros pilares, tan arraigados como cuestionables, del supuesto espíritu democrático. Y vemos tertulias televisivas en las que no queda claro si el principio que debe primar es el del dogma de los distintos “lobbies”, el de una falsa tolerancia descafeinada, el de la libertad de expresión o, sencillamente, el de la mala educación.

“Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. El problema es que en una cultura en la que Dios pierde cada vez más importancia, el César debe irrumpir con su fastidioso bastón de mando para obligar a los demócratas del siglo XXI a pensar como es debido.

¡Que viva la democracia Occidental en la que, si piensas que la “teoría de género” es un fraude (qué nombre más espantoso, dicho sea de paso), eres ostratizado en el sucio juicio sumario de los medios de comunicación … y hasta multado!

Esta bella democracia en la que un dedo ignorante decide quiénes son los buenos y quiénes los malos (la mano de tal dedo infame es una miasma de culturetas del tres al cuarto).

El problema es que en una cultura en la que Dios pierde cada vez más importancia, el César debe irrumpir con su fastidioso bastón de mando para obligar a los demócratas del siglo XXI a pensar como es debido.

Este desarrollado mundo occidental en el que la posibilidad de la existencia de Dios es un cuento de niños, pero todos creen a pies juntillas en las energías y los chacras, en la vida extraterrestre y en los augures, o, peor aún en los dogmas absurdos del feminismo, el ecologismo, el capitalismo o el socialismo a ultranza.

Como decía Chesterton, cuando el hombre deja de creer en Dios, empieza a creerse cualquier cosa.

En esto doy con el bueno del rey Pelasgo, un personaje formidable de la tragedia de Las Suplicantes, de Esquilo. Modelo para cualquier político.

Un buen hombre, rey del reino de Argos, que recibe en su ciudad a 50 mujeres griegas que huyen de Egipto. Estas 50 mujeres, las Danaides hijas de Dánao, habían sido destinadas a casarse con 50 príncipes egipcios, pero considerando impía la boda, huyeron al reino de Argos. Pelasgo duda si acogerlas o no, ya que pone en riesgo a su ciudad por la posible represalia de los príncipes de Egipto (¿nos suena? ¿refugiados sirios, por ejemplo?). Al final las acoge por ser de la misma estirpe (primos lejanos) y porque se han instalado en el recinto sagrado como suplicantes de los dioses, en particular de la diosa Justicia.

Pelasgo habla con su pueblo, Argos, y lo convence para que acoja a las mujeres. Al compartir cultura, familia y religión, deciden acogerlas. El rasgo cultural que los define son los dioses: las Danaides y los habitantes de Argos comparten el mismo Panteón, eso introduce a ambos en una dinámica cultural que posibilita un diálogo y una comunión cultural. Y es que la religión -una religión cuerda- siempre ha sido capaz de tender esos puentes.

Sin embargo, sucede justo lo contrario cuando llegan los egipcios. No reconocen los dioses griegos y no les importa ultrajarlos. Deciden explícitamente no aceptar la cultura y las costumbres de Argos, y Argos, como consecuencia, los expulsa. ¿Por qué acoge a unas y a otros no? A fin de cuentas, por los dioses, que son la expresión más nítida de unidad cultural. Para unos la religión es ambiente de encuentro, para otros es ocasión de ofensa.

La religión -una religión cuerda- siempre ha sido capaz de tender esos puentes.

Pelasgo es el árbitro en todas estas cosas. Hoy algunos le dirían intolerante. Otros le podrían nombrar el primer político feminista. La izquierda le acusaría seguramente de algo que ahora mismo a mí no se me ocurre. Ellos darían con algo, son buenos para eso. Los culturetas del siglo XXI harían ver cómo la religión es siempre la causa de las guerras, un argumento estúpido y simplista donde los haya.

Soñar con la democracia griega -una meritocracia en toda regla, en muchos casos monárquica- no es sano. No hay sistemas de autoridad o de gobierno perfectos. Nunca los habrá. Hoy somos una democracia (eso dicen), mañana seremos una dictadura o una oligarquía. Quién sabe.

Lo que está claro es que cuando una cultura es sana los límites verdaderos no los imponen los hombres. Las culturas más saludables han tenido sus fronteras marcadas por la mirada divina, que es siempre justa e incorruptible. Con los cuadrantes de la verdad (el dogma), la bondad (la moral) y la belleza (la estética). La cultura cristiana, madre de este mundo occidental en plena adolescencia tardía, tiene un Dios que, además, se define como Amor y Padre misericordioso.

Mucho más convincente, en cualquier caso, que cualquier presidente de la República.

Las culturas más saludables han tenido sus fronteras marcadas por la mirada divina, que es siempre justa e incorruptible.

Y otra cosa. Queridos políticos: no hagáis del Ramadán una fiesta nacional en España. Es absurdo y suicida. Un acto kamikaze cultural en toda regla. En vez de eso, ampliad las ayudas a las familias numerosas, que nunca está de más y en eso no os podéis equivocar.

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