El blog de Javier Rubio

El protagonismo en El Señor de los Anillos (2ª parte)

Continuación del artículo del día 3 de enero. Para leerlo, pincha aquí.


Visto lo cual tenemos que analizar el papel de la Providencia en nuestro mundo para encontrar el reflejo en la Tierra Media. Por medio del sacramento del bautismo un católico se convierte en sacerdote, profeta y rey. No en el sentido ministerial de la palabra, sino en el sentido de la gracia sacramental recibida. Es decir, el bautizado no es sacerdote, profeta y rey en el sentido en el que lo son el párroco de un pueblo, el profeta Elías o el rey David. Realmente sólo Cristo es sacerdote, profeta y rey en sentido propio y auténtico. Participando de su gracia por el bautismo, el católico está llamado al sacerdocio que consiste en “hacer sagrado” todo lo que hace, a “ofrecer su vida en sacrificio al Padre” por la salvación del mundo (cf. Lumen Gentium, 31). Igualmente está llamado a profetizar: a anunciar a los hombres la Palabra de Dios y a impulsarlos a que obren según la misma (cf. Lumen Gentium, 12). Por último, el bautizado, en cuanto partícipe de la realeza de Cristo, está llamado a “sanear las estructuras del mundo las condiciones del mundo, de tal forma que, si algunas de sus costumbres incitan al pecado, todas ellas sean conformes con las normas de la justicia y favorezcan en vez de impedir la práctica de las virtudes. Obrando así, impregnarán de valores morales toda la cultura y las realizaciones humanas” (Lumen Gentium, 36).

Creo que estas tres palabras nos dan la clave para descubrir el triple protagonismo en el Señor de los Anillos a la luz de la acción de la Providencia cristiana en la Tierra Media.

Frodo es el sacerdote, el que debe subir al Monte del Destino, el altar del sacrificio, con el peso del anillo sobre sus hombros. El anillo es la representación del mal de los pueblos libres: todos fueron subyugados por el poder ofrecido por los anillos y esa influencia ha corrompido sus corazones y sus reinos. Frodo sube al Monte del Destino para destruir ese mal. Pero como mero mortal sus fuerzas al final le fallan y sucumbe él mismo al pecado. Entonces la Providencia vuelve a tomar las riendas de la acción. El final, conocido por todos, es a la vez un ejemplo perfecto de cómo actúa la Providencia en el mundo y un ejemplo igualmente perfecto del poder únicamente  autodestructor del mal.

Gandalf es el profeta, el que impulsa a los demás a la acción. En la obra de “Los Cuentos Inconclusos”, en el capítulo sobre los Istari, los magos, Cirdan el elfo, al entregarle el anillo de fuego, Narya, resume la misión del mago con estas palabras: “toma este anillo, pues trabajos y fatigas te esperan. Éste es el Anillo de Fuego, y con él tal vez puedas reanimar los corazones y procurarles el valor de antaño en un mundo que se enfría”. Pero incluso Gandalf, un Maia, un ser angélico, cae en el cumplimiento de su misión tras derrotar al Balrog de las Minas de Moria. Y otra vez debe intervenir la Providencia directamente para resucitarlo y otorgarle el poder necesario para culminar su misión.

Por último Aragorn es el rey, el que está llamado a “curar las estructuras del mundo”. El Imperio de los hombres, gobernado desde la capital, Gondor (la ciudad de las siete murallas), ha ido decayendo año tras año bajo el gobierno de los senescales, después de que la línea hereditaria de la casa real se hubiera perdido. Esta corrupción queda simbolizada en la muerte del árbol blanco, Nimloth, en la plaza del Manantial. En el tercer volumen del libro Aragorn, el heredero perdido, vuelve a Gondor para reclamar su trono y a dirigir los últimos esfuerzos de los hombres contra la Sombra. Nimloth muere, pero hay esperanza. Después de la Batalla frente a la Puerta Negra, Aragorn encuentra un retoño de Nimloth en las faldas del Mindolluin y lo traslada de nuevo a la Ciudadela de Gondor. Las intervenciones de la Providencia en la misión de Aragorn son constantes: desde el viento que se levanta para llevar a los barcos de Umbar hacia la batalla de Pelennor, hasta la aparición de las águilas en la batalla final. Los paralelismos que se pueden trazar entre Aragorn y la figura de Cristo Rey son más de los que puedo incluir en estas líneas. Baste la referencia de uno de sus nombres más usados: Estel, que en élfico significa “esperanza”. De alguna forma Aragorn está llamado a encarnar la esperanza para el pueblo de los hombres. Pero Aragorn también es Elessar, “piedra de elfo”, el encuentro de las dos dinastías: la del pueblo de los elfos, que debe partir hacia su destino final y la de los hombres, que apenas acaba de comenzar su andadura por el mundo.

En este contexto de “épica cristiana” se entiende quizá mejor el concepto de protagonismo en el Señor de los Anillos. No pretendo haber presentado una solución definitiva al problema. Simplemente espero haber logrado darle una perspectiva adecuada y una solución posible en el amplísimo marco de interpretación abierto por el mismo Tolkien en su obra.

Y me gusta pensar, de forma completamente personal, que todos los cristianos estamos llamados por igual a ser protagonistas en este mundo en el que nos ha tocado vivir. Y, en ese sentido, viene a mi memoria el emotivo diálogo que sostienen Frodo y Sam al final de la película de  Las Dos Torres:

-No puedo hacer esto, Sam.
-Lo sé. Ha sido un error. No deberíamos ni haber llegado hasta aquí. Pero henos aquí, igual que en las grandes historias, señor Frodo, las que realmente importan, llenas de oscuridad y de constantes peligros. Esas de las que no quieres saber el final, porque… ¿cómo van a acabar bien? ¿Cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad como ha sufrido? Pero al final, todo es pasajero. Como esta sombra. Incluso la oscuridad se acaba para dar paso a un nuevo día. Y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llegan al corazón, porque tienen mucho sentido, aún cuando eres demasiado pequeño para entenderlas. Pero creo, señor Frodo, que ya lo entiendo. Ahora lo entiendo. Los protagonistas de esas historias se rendirían si quisieran pero no lo hacen. Siguen adelante. Porque todos luchan por algo.
-¿Y por qué luchas tú, Sam?
-Para que el bien reine en el mundo, señor Frodo. Se puede luchar por eso.

(De la película Las Dos Torres).

 

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