El blog de Javier Rubio

Diseño de propósitos 101

Año nuevo, vida nueva. Propósitos nuevos… ¿pero cuáles? ¿Cómo? A veces nos cansamos de hacer propósitos simplemente porque no los cumplimos. No porque no queramos. Muchas veces el problema es que están mal formulados, no son realmente buenos propósitos o… se te han olvidado. A estas alturas del año (sólo dos días) aún estamos a tiempo de hacer algo al respecto.

Nota al pie: los propósitos de año nuevo son algo bueno y, por lo tanto, recomendable. Las personas -como el buen vino- mejoramos con el tiempo. Pero llega un momento en la vida en el que ya no crecemos a base de beber leche. Es entonces cuando conviene empezar a ponerse propósitos.

Propósitos ≠ Proyectos.

Hay una ligera diferencia. El proyecto tiene más amplitud: literalmente es “algo lanzado hacia delante”, es decir, un horizonte de trabajo o de crecimiento de carácter algo más vago al que te sientes “lanzado”. Esas son, para mí, las dos características. El proyecto te da más libertad a la hora de elegir los medios para lograrlo. Eso hace que te resulte más atractivo, pero hace también que el objetivo no sea tan claro. Proyectos son, por ejemplo: diseñar un blog personal, crear una ONG, empezar una empresa…

El propósito es algo más “puesto”, más “fijo”. Por eso debes intentar que sea lo más concreto posible. Al ser la meta tan clara, tan “fija”, los medios terminan siéndolo también. Porque cuando el punto de llegada y el punto de partida están claros el camino entre ambos también lo suele ser. El propósito implica, en muchos casos, la aplicación constante y diaria del mismo acto que supone un esfuerzo hasta que, por la misma repetición, se vuelve un hábito de vida. Propósitos son, por ejemplo: dejar de fumar, ser puntual al trabajo por las mañanas, hacer una hora de ejercicio los viernes, etc.

Esfuerzo ≠ Logro.

Mucha gente se desespera por esto. En un mundo en el que estamos acostumbrados a recibir el producto por el que pagamos, pensamos que SIEMPRE logramos lo que queremos. A veces nos desesperamos y nos agotamos porque no sucede así. A veces los propósitos dependen de muchos factores, y por más que pongamos lo mejor de nuestra parte, no salen.

En este sentido tengo que decir tres cosas:

Lo importante no es ganar, es participar. ¿En qué sentido? Cualquier esfuerzo que pongas por mejorarte como persona es, en sí mismo, una victoria. El esfuerzo, en muchos casos, es su propia recompensa. A veces no somos capaces de verlo así porque somos muy pesimistas con nosotros mismos. En ese caso, un poco de optimismo de vez en cuando nunca viene mal.

Un poco de libertad de espíritu, por favor. No somos esclavos de nuestros propósitos, no debemos tener miedo a no cumplirlos. Esto es absurdo. El propósito está ahí para ayudarte. Te lo has puesto porque crees que te puede ayudar. En el momento en que el propósito se convierte en una fuente de tristeza o de desesperanza, es el momento de tirarlo a la basura.

Y es que, probablemente, sea un propósito mal formulado.

Propósitos bien formulados.

¿Y cómo sé que mi propósito está bien formulado? Veamos…

El propósito debe ser concreto. Cuanto más, mejor: actividad, día, fecha, hora, sitio, etc. Decir que te propones hacer más ejercicio no sirve de nada. El propósito debe ser formulado así: voy a hacerme todos los viernes de 18:00 a 19:00 una carrerita por el parque.

El propósito debe ser realista. No te propongas bajar diez kilos o conseguir un trabajo que te doble el sueldo. Así formulados, esos propósitos no sirven para nada. Proponte dejar de comer bollería, sustituir la hamburguesa de los sábados por una ensalada, o doblar el ejercicio semanal (véase el punto uno).

Respeta tu escala de valores. Dicho de otro modo: no te propongas cosas que interfieren con tus valores, con lo que realmente te importa. Si quieres adelgazar porque quieres estar más sano o porque quieres caber el el vestido de novia, ¡adelante! Pero no lo hagas porque te sientes inferior. No arreglas el problema.

Tampoco te pongas propósitos que mermen tus relaciones más importantes: tu familia, tus amigos, tu pareja, tus hijos… Los propósitos, en última instancia, deben estar motivados por el hecho de hacerte mejor como persona, más feliz. Y lo que nos hace más felices son las relaciones que nos importan.

Nunca lo formules en comparativo o en superlativo. No te propongas “ser mejor que fulanito” o “ser el mejor de mi curso”. Esos propósitos son veneno puro y duro. Te obligas a situarte en una relación de oposición con otras personas para poder superarlas. Lograrlo y mantener el corazón limpio es una tarea de titanes, digno de una novela épica propia de quince tomos. No lo hagas. No te va a hacer feliz. Ni siquiera si lo logras. Menos aún si lo logras.

Relax. No formules propósitos que te obliguen a hacer cambios drásticos en tu vida, que alteren gravemente tu estabilidad. De lo contrario, nunca los vas a cumplir. Que sean propósitos asequibles. Y, si es necesario, cuando los hayas cumplido, intensifica la dificultad o proponte otros. Se trata de crecer, no de romperte.

Calendario y revisión.

Esto ya es para pros. Si de verdad estás interesado en cumplir tus propósitos, ponte metas a corto y mediano plazo (uno y seis meses), haz un calendario de revisiones periódicas y, sobre todo…

Pide ayuda cuando lo necesites.

Puedes comentar tus propósitos con amigos de confianza o con tu pareja. A lo mejor ellos se pueden incorporar al propósito. Está comprobado que el “peer pressure” (presión de los pares) ayuda muchísimo: es más fácil que cumplas un propósito de hacer ejercicio, por ejemplo, si te comprometes a hacerlo con otra persona.

Del mismo modo, errare humanum est. Si tienes una persona cerca que te pueda corregir o avisar cuando empiezas a alejarte de la senda del cumplimiento, mejor que mejor. Nada como una novia tabacofóbica para dejar de fumar…

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