El blog de Javier Rubio

Navidad 2015: entre Igualdad e igualdades

GRA149 VALENCIA (Comunidad Valenciana), 15/06/2015. El nuevo alcalde de Valencia, Joan Ribó (Compromís), posa en su despacho de alcaldía tras la entrevista con Efe en la que ha anunciado que habilitará un día a la semana para abrir "líneas de conexión" con la ciudadanía. Ribó, ha llegado en bicicleta al Ayuntamiento en su primer día laborable en el cargo y ha firmado las ayudas para los comedores escolares EFE/Manuel Bruque.¡

Este artículo lo escribí por estas fechas el año pasado. No lo quise publicar en su día porque, al terminarlo, noté en el texto una cierta acidez y una desesperanza que, en el fondo, son poco navideñas y poco cristianas.

A un año de los hechos, teniendo en cuenta que es una opinión en cierto modo superada, presento el artículo porque me parece que tiene cierto valor en cuanto a la reflexión de las ideas de fondo y que la crítica -por lo general- es correcta.


Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Un ejemplo claro de ello es la política española. En este sentido los españoles somos muy humanos. Cuesta no encontrar similitudes entre la política española de los años a caballo entre la década de los 20 y la de los 30, y la política actual. Se trata de una similitud –que no igualdad– históricamente interesantísima.

Pasemos del ejemplo al hecho: el señor Joan Ribó ha decido ejercer su respetabilísima dignidad de alcalde y acabar con la enfermedad de los símbolos cristianos. Después de erradicar, con la seriedad y la urgencia que se merecía, la plaga de esta enfermedad en el cementerio general de Valencia, ha decidido obviar otros asuntos que podrían parecer más importantes para otros políticos menores y ha arremetido contra la cabalgata de los Reyes Magos. A fin de cuentas, ¿qué hay más importante que la educación de nuestros hijos, sometidos y subyugados a las falsas doctrinas de un festival de religiosidad envenenadora?

No le demos más vueltas: se trata de una persecución en toda regla. Quitar a San José del Nacimiento, eliminar las escenas de la huida a Egipto (una de las más infravaloradas por los predicadores actuales, dígase de paso) y la Anunciación, no son actos a favor de ninguna igualdad ni por respeto a absolutamente nadie.

Ninguno de esos motivos tiene el menor sentido y posiblemente por eso han sido los motivos esgrimidos: ¿Qué igualdad existe entre una madre y su hijo que supere su profunda desigualdad? Más igualdad hay en la relación de un padre y una madre con su hijo, aun con la diferencia de su maternidad y paternidad respectivas.

El motivo es neta y estructuralmente religioso: el tema es religioso, el argumento es religioso, la cabalgata –como el cementerio– es religiosa. San José es el patrono de las buenas gentes de Valencia, el Señor de sus Fallas de marzo. Todo en este tema es religioso, la decisión del señor Ribó, por supuesto, también lo es.

Este fervor cruzado se lo debe el señor Ribó en gran medida a su adscripción juvenil al socialismo cristiano. El gran problema de los socialistas cristianos es el orden de las palabras. Otro gallo cantaría si el señor Ribó hubiera dedicado sus años mozos –además de al honradísimo mester de estudiar y elaborar pesticidas y abonos– a militar en un partido político que promulgara una política basada en la doctrina social cristiana: una forma de cristianismo social. Socialismo y cristianismo tienen en común el sentido de colectividad: el bien común antes que el exceso del individuo.

El problema es que en el socialismo hay un sumergirse sistemático e igualitarista del individuo en la sociedad, mientras que el cristianismo desde el Sermón de la Montaña predica la superación del individuo, su crecimiento en la virtud y en la humildad en pos del servicio a la sociedad. De alguna forma lo bueno del socialismo ha estado en manos del cristianismo durante milenios, por lo que es imperativo que el socialista se oponga sistemáticamente a la Iglesia. Porque un maestro fiel a las enseñanzas de Cristo jamás dirá: “forma una sociedad en la que todos seáis iguales”; sino que dirá: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Lo mejor del socialismo ha estado en manos del cristianismo durante milenios, por lo que es imperativo que el socialista se oponga sistemáticamente a la Iglesia.

Entiendo un Stalin ateo y anticristiano. Su ateísmo y anticristianismo provienen de esa necesaria contraposición con la esencia del cristianismo, de un profundo vacío cultural que han intentado llenar con grandilocuencia dialéctica que no lleva a ninguna parte. Entiendo sus proyectos contra la filosofía y la religión porque la filosofía y la religión son siempre ventanas abiertas a la posibilidad de que surjan preguntas incómodas.

En esta situación una persona que se intente entrometer y tejer una nueva idea política en la que se entremezclen socialismo y cristianismo parece destinada a caer en un extremismo que, en cualquier caso, termina confundiendo Iglesia y Estado, poder práctico y poder espiritual, o el poder temporal y el eterno. No se comprende que, mientras la Iglesia posee la necesidad obvia de tener un cierto poder práctico, el Estado no tiene absolutamente ninguna necesidad de inmiscuirse en el ámbito espiritual, a no ser que éste sea ilegalmente dañino según leyes justas. Esta incomprensión ha dado lugar a verdaderos esperpentos en estos siglos XX y XXI. Tal sucedió con la España del 1936, tal sucedió en Latinoamérica con las aberraciones cometidas en nombre de la “teología de la liberación” y tal sucede ahora, en el paradójico reinado del señor Ribó.

Se trata de una similitud, insisto –que no igualdad–, porque en la república de aquellos años oscurísimos murieron más de 6800 compatriotas por la profesión de su fe. De una fe que predica esencialmente el amor al prójimo. Hoy por hoy todavía no han asesinado a nadie. La persecución del señor Ribó es a sus ojos más sofisticada, a los del resto del mundo es más esperpéntica o cómica. En cualquier caso sus esfuerzos son hipócritas. Decía Chesterton que “el viejo hipócrita clásico era el hombre cuyos fines eran en verdad terrenales y prácticos, mientras fingía que eran religiosos. El nuevo hipócrita es aquel cuyos fines son realmente religiosos mientras finge que son terrenales y prácticos”. Chapó: no hay nada que añadir al respecto.

“El viejo hipócrita clásico era el hombre cuyos fines eran en verdad terrenales y prácticos, mientras fingía que eran religiosos. El nuevo hipócrita es aquel cuyos fines son realmente religiosos mientras finge que son terrenales y prácticos” (Chesterton).

El señor Ribó está sin duda preocupado porque un evento de tanta trascendencia educativa como es la cabalgata de los Reyes Magos –no hay manual de pedagogía serio o de psicología infantil que eluda el tema– no deje de enseñar a los hijos de los buenos valencianos que la igualdad de género es tan importante como la ausencia de símbolos religiosos. Tendremos, por tanto, una madre soltera con un hijo: hombre y mujer, igualdad conseguida.

¿O no del todo?

Por otro lado, también los hijos e hijas de los buenos confucionistas, hindúes, musulmanes, budistas, ateos y demás que viven o que pasan unos días en Valencia, podrán asistir a la cabalgata de los Reyes Magos y coger caramelos a manos llenas sin sentirse ofendidos en su sensibilidad religiosa. Tan heridos como nos sentimos los españoles a China y contemplar horrorizados a un enorme dragón rojo bailando en el festival Duanwu, o ante la hoguera primaveral hindú del Holiká Dahan, que se celebra también en Sabadell, Madrid, Málaga, Tenerife y Murcia, según tengo ententido.

La señora Carmena, alcaldesa de Madrid, embargada por las mismas preocupaciones a cargado cual toro bravo contra el espíritu cristiano de la Navidad –qué otro espíritu motiva estas “fiestas” es un profundo misterio– y nos proporcionará tres mujeres para sustituir a los Reyes Magos. Porque quién ha dicho que el papel no pueda ser desempeñado por una mujer: está suficientemente demostrado que su capacidad de llevar barbas postizas, trajes ridículos y lanzar caramelos es igual o superior a la de los hombres.

Todos los que nos sentimos ofendidos por estas garambainas –entiendo que más de la mitad de los españoles y una proporción aún mayor en los casos concretos de Madrid y Valencia–, no entramos, por supuesto en la categoría de los “iguales” ni en la de los “susceptibles religiosos”. La agenda anticristiana de estos señores es, a fin de cuentas, bastante intolerante y muy poco igualitaria.

Al escuchar y ver estas noticias tan preocupantes por un lado, y tan divertidas en su tremenda ridiculez por otro, no puedo menos que fijarme en el Niño del portal de Belén. El que da sentido a estas fechas y a todo lo que en ellas se celebra. El que da sentido al cristianismo que ha predicado tanto los valores que los socialistas se atribuyen como los que dieron origen a España y, con ella –por mucho que le pese al señor Ribó–, a Valencia.

Un Niño que vino a hablar de amor, aunque también anunció la espada. Un Niño que siendo el más grande, decidió hacerse el más pequeño entre los pequeños para salvarnos a todos.

Un Niño que vino a hablar de amor, aunque también anunció la espada. Un Niño que siendo el más grande, decidió hacerse el más pequeño entre los pequeños para salvarnos a todos. Un Niño, que siendo Dios, decidió someterse a la autoridad paterna de San José y, por su medio, crecer en una familia. Un Niño que pudo decidir perfectamente nacer de una mujer soltera para satisfacer las ansiedades educativas del señor Ribó, pero que no lo hizo.

Esa es la única igualdad que importa: la de un Dios hecho hombre, que recorrió su vida desde Belén hasta el Calvario y la resurrección para que, en Él, todos seamos hermanos –que no iguales–. Y que no predicó igualdad, sino amor; y el amor nace en las familias y no se da entre iguales: el amor de verdad se da en la complementariedad y el compromiso.

Palabras de cuya verdad huyen los políticos actuales como de la peste.

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