El blog de Javier Rubio

El tesoro de los malos recuerdos

Las imágenes pertenecen a Rick and Morty, LLC. (2015 – presente)

Faltan pocas semanas -se especula- para que vuelva a la pequeña pantalla la aclamada serie de animación ‘Rick and Morty‘. Antes de nada, debo confesar que soy un gran admirador de la serie y que espero la tercera temporada con mucha ilusión.

Amigos padres de familia: esta serie es SÓLO para adultos.

Para los que no la conozcan, se trata de las aventuras de un abuelo genio -sociópata e inmoral- con su nieto medio idiota -de buen corazón-. Juntos atraviesan los embrollos narrativos más locos y divertidos que he visto desde las temporadas 4 a 9 de los Simpsons (ya ha llovido). En Rick and Morty encontramos, además, humor ácido, homenajes a clásicos del horror y de la ciencia ficción, criaturas salidas de la pluma de Lovecraft y puntadas filosóficas. El plato está servido.

En la segunda temporada hay un episodio que me parece muy interesante. Se titula ‘Total Rickall’ (en España ‘Total Rick-tal’). Hagamos un resumen para llegar a la parte sobre la que quiero reflexionar…


AVISO: PROCEDO A DESTRIPAR EL EPISODIO… Si no lo has visto y te interesa, sáltate la parte en azul.

El episodio arranca con la familia de Morty desayunando agradablemente con su tío, un tal “Steve” que aparece por primera vez en la serie y a quien, sin embargo, tratan como si fuera uno más de la familia. 

Pero no es así: se trata de un tipo de alienígenas telépatas -una especie de virus- que se reproducen incrustándose en la memoria de los habitantes de un planeta. Es decir, aparecen con una forma que todos recordamos, como si fuera uno más de toda la vida. Pero en realidad ellos son los que crean esas memorias, para confundir a las personas reales. 

-They embed themselves in memories and then they use those to multiply and spray out, take over planets.

-But uncle Steve taught me how to drive a bike!

-No, “Steve” put that memory in your brain so he could live in your house, eat your food and multiply.

Rick inmediatamente sella la casa de la familia para impedir que el virus escape. Intenta controlar la plaga que empieza a aparecer. 

-We could be infested with these things so we got to keep an eye out for any zany, wacky characters that pop out.

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Efectivamente el hogar de los Smith se empieza a llenar de criaturas extrañas nacidas de la memoria de todos. En un momento dado dan con la clave para identificar a los alienígenas de los miembros de la familia: los alienígenas sólo saben implantar memorias positivas. Sin embargo en la familia Smith todos tienen memorias negativas -muy negativas- unos de otros.

Así, el desenlace se convierte en una verdadera carnicería de virus espaciales.

Un diálogo final resume la tragicomedia del episodio entero. Empieza cuando el padre de Morty, Jerry, dice:

-This is depressing: we killed every good person in the house. We’re what’s left? What a family!

-At least we’re real, Jerry. We’re real.

Sin embargo, hay un personaje paradójico: Mr. Poopybutthole. Desde el principio del episodio parece que Mr. Poopybutthole es uno más de esos alienígenas, que toma una figura y un nombre particularmente extraño (en castellano, literalmente, su nombre se traduce por ‘Mr. Caquitaculo’).

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Al final, la madre de Morty -Betty Sánchez- dispara a Mr. Poopybutthole sólo para darse cuenta de que él sí era un buen amigo de la familia, y no un alien.

Cuando Betty acude al hospital para pedir perdón Mr. Poopybutthole le responde con una frase lapidaria:

-I’m sorry you didn’t have any bad memories of me… If you love me, you should leave.


“Siento mucho que no tengas malos recuerdos de mí… Si me quieres, deberías irte”.

Esta frase toca una verdad muy profunda en el ser humano: somos criaturas poliédricas, pero íntegras. No estamos divididos por compartimentos estancos, somos como un diamante de cientos de facetas, y cada una de esas facetas muestra el mismo núcleo, el mismo corazón.

El caso de la memoria es un buen ejemplo: nuestros recuerdos están integrados con todos los aspectos que nos definen como personas. Reflejan, por supuesto, nuestras experiencias pasadas, y por lo tanto nuestra historia. Reflejan nuestros mayores gustos y disgustos. Invocan continuamente nuestros éxitos y fracasos: esos momentos en los que hemos pasado una vergüenza insuperable y esos instantes en los que -casi de forma mágica- todo nos ha salido bien.

Los hombres somos como un diamante de cientos de facetas, y cada una de esas facetas muestra el mismo núcleo, el mismo corazón.

Y todos esos recuerdos muestran, de una u otra forma, los motivos que nos mueven como personas: el motor, nuestro corazón. Los hombres hemos sido hechos para buscar la felicidad. A lo largo de la historia filósofos, pensadores, escritores, pintores… nos han indicado que esa felicidad se encuentra con más facilidad en el amor que en las riquezas, la salud o el poder, por ejemplo.

El problema es que el amor es un tema complejo: no depende sólo de ti. Depende en gran medida de la persona amada. Amante y amado (en el formato que sea: de amistad, de noviazgo, de familia) son personas humanas de carne y hueso y, por lo tanto, personas que se han equivocado, se equivocan y se equivocarán.

Es cierto que el amor no se fija en los fallos. Pero no menos cierto es que el amor incluye esos fallos. Cualquier historia de amor humano tiene ofensas, faltas, errores… ‘Errare humanum est‘.

Mr. Poopybutthole tiene razón… es difícil creer en un amor construido sólo de buenos recuerdos. El amor va acompañado siempre de dolor, como un ingrediente necesario. Como la levadura en un bizcocho: hace que crezca, que coja forma.

Algo que el episodio no recoge, sin embargo, es que la paradoja de Mr. Poopybutthole se supera en el mismo accidente de Betty: por fin han creado un mal recuerdo.

Si son capaces de redescubrir ese hecho según la lógica del amor, puede que todavía exista algo de esperanza para esa amistad…

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