El blog de Javier Rubio

Un encuentro entre amigos

Originalmente publicado en http://web.elsentidobuscaalhombre.com/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=1520&te=438&idage=2787

En la espiritualidad católica se ha hecho célebre la definición de Santa Teresa de Jesús de la oración. Se encuentra en el capítulo 8 de su autobiografía: “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. El núcleo de esta definición es la amistad. La oración consiste, por lo tanto, en la expresión natural de una relación entre amigos, o, al menos, en la respuesta al llamado del Amigo, quien sabemos nos ama.

La oración de Newman: un encuentro personal con Dios.

El Beato Newman, tras la experiencia mística que vivió a los 15 años, redescubrió esta dimensión tan importante de la oración. Para él Dios no era un árbitro lejano ni una providencia abstracta a la que había que satisfacer o aplacar de algún modo, sino una presencia personal. Un amigo que sabe qué es lo mejor para nosotros. En sus propias palabras: “Dios sabe lo que constituye mi mayor felicidad; yo no lo sé”. La oración se convertía así en un diálogo cercano en el que Dios nos ofrece su Palabra e ilumina nuestra conciencia: “Dios mío, confieso que sólo Tú puedes iluminar mi oscuridad, sólo Tú puedes”.

Newman, que vivió en carne propia la experiencia de los debates entre racionalistas y dogmáticos -expresamente durante el Concilio Vaticano I-, no dudaba al afirmar: “el filósofo anhela un principio divino, el cristiano anhela un Dios que actúa”. La oración es mucho más que un discernimiento o una disquisición mental: consiste en un encuentro genuino en el que el Corazón habla al corazón “cor ad cor loquitur”.

Esta perspectiva de la oración como relación personal de amistad que ilumina nuestras conciencias ejerció un influjo decisivo en la espiritualidad que enriqueció el Concilio Vaticano II. No sólo en la redacción de sus documentos y en su esfuerzo de aggiornamento (puesta al día) teológico, sino -y sobre todo- en la experiencia de encuentro con Cristo transmitida por los padres conciliares a la Iglesia Universal.

El encuentro espiritual entre Newman y Ratzinger.

En la presentación del libro Apologia pro Vita Sua, en la reedición de la editorial Ciudadela de 2009, el Cardenal Ratzinger -uno de los padres conciliares- relata la experiencia de su descubrimiento de Newman:

“En enero de 1946, cuando empecé a estudiar Teología en el seminario de Freising, que por fin había vuelto a abrir sus puertas después de la confusión de la guerra, un estudiante mayor que yo fue nombrado prefecto de nuestro grupo, que había empezado a trabajar en una disertación sobre la teología de la conciencia de Newman, antes incluso del comienzo de la guerra. En todos los años de su servicio militar, no había perdido contacto con este tema, al que ahora volvía con renovado entusiasmo y energía.

Pronto quedamos cautivados por una amistad personal, totalmente centrados en los grandes problemas de la filosofía y la teología. Desde luego, Newman estaba siempre presente.

(…) Para nosotros, en aquel tiempo, la enseñanza de Newman sobre la conciencia llegó a ser una base importante del personalismo teológico, cuyo diseño se nos ofrecía equilibradamente. Nuestra imagen del ser humano, al igual que nuestra imagen de la Iglesia, quedaba penetrada por este punto de partida”.

Desde entonces toda la enseñanza teológica y toda la predicación del Papa Benedicto XVI, quedó visiblemente permeada por la visión espiritual del Cardenal Newman. En ambos es palpable el interés por “inquietar” las conciencias adormecidas, provocar en el alma de los cristianos las preguntas fundamentales del sentido de la existencia y, sobre todo, fomentar un encuentro personal con Dios.

Este esfuerzo late de forma particular en las catequesis del Papa Benedicto XVI, pero muy especialmente en las que precedieron el Año de la fe: de mayo de 2011 a octubre de 2012. Estas catequesis, que son una profunda escuela de oración, no se orientan a ofrecer una explicación teológica especulativa sobre la espiritualidad o la liturgia (regalo que ya nos había ofrecido durante su cardenalato). Su objetivo es principalmente pastoral:

“Los cristianos de hoy están llamados a ser testigos de oración, precisamente porque nuestro mundo está a menudo cerrado al horizonte divino y a la esperanza que lleva al encuentro con Dios. En la amistad profunda con Jesús y viviendo en él y con él la relación filial con el Padre, a través de nuestra oración fiel y constante, podemos abrir ventanas hacia el cielo de Dios, podemos ayudar a otros a recorrer ese camino: también para la oración cristiana es verdad que, caminando, se abren caminos”.

Para Ratzinger, como para Newman, la oración es incomprensible fuera de las categorías del encuentro personal con Dios y de una relación de amistad con Él.

La oración: una luz que ilumina y da sentido a nuestra vida.   

Pero este encuentro, esta amistad con Dios, conlleva necesariamente una consecuencia para la vida. Es imposible que el encuentro con Cristo en la oración no conduzca al hombre de oración a encontrar también la voluntad de Dios para su vida.

El hombre de oración, en primer lugar, transforma su propia mirada, su forma de ver el mundo que lo rodea. Para Newman este “cambio de mirada” es un compromiso que brota directamente de la oración y, de alguna forma, traslada la experiencia misma de la oración a la vida personal:

“Procurad ver las cosas como las ve Dios. Tratad de formar vuestros juicios sobre personas, sucesos, rangos, fortunas, cambios y tareas tal como Dios los forma. Tratad de ver esta vida como Dios la ve”.

La luz que recibe el cristiano en la oración, por su dinamismo natural, se expande, crece, llena todas las dimensiones del alma y se constituye como faro para los compañeros de camino. Como dijo Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia, tras el encuentro de los Reyes Magos con Jesús recién nacido:

“En el viaje de retorno, los Magos tuvieron que afrontar seguramente peligros, sacrificios, desorientación, dudas… ¡ya no tenían la estrella para guiarlos! Ahora la luz estaba dentro de ellos. Ahora tenían que custodiarla y alimentarla con la memoria constante de Cristo, de su Rostro santo, de su Amor inefable”.

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