El blog de Javier Rubio

Del punto A al punto B… ¿Formación o talento?

Esta semana he tenido varias veces la misma discusión: ¿se puede superar el propio carácter? ¿Se puede hablar de “dos naturalezas”: una con la que nacemos y otra que adquirimos? ¿El temperamento “debe ser corregido”?

Antes de nada debemos partir de un punto seguro: es un hecho que, a lo largo de la vida, permanecemos siempre los mismos (“yo soy Nicole Kidman”), pero también es verdad es que cambiamos (del “yo Nicole de 8 años” al “yo Nicole de 49”). Somos en parte los mismos y en parte distintos.

Hay algunos que intentan acentuar el hecho de la permanencia: son los que niegan que la formación sea relevante, que no es más que un cauce para el talento personal. Lo que cuenta es el “yo” que engloba todas mis experiencias, lo demás es pasajero.

Otros, por el contrario, opinan o educan con una urgencia por mejorar. Consideran que es indiferente el punto de partida, lo importante es el punto de llegada: “aunque seas una persona con temperamento artístico, con un poco de disciplina y orden mental te convierto en ingeniero”.

El realismo filosófico enseña algo muy interesante: el equilibrio correcto se encuentra entre dos extremos erróneos. Este equilibrio también se puede entablar entre el ser y el deber ser. Es decir, entre el “yo” natural -espontáneo, temperamental y talentoso con el que todos hemos nacido-, y el “yo” proyecto: el “yo” que queremos formar, que queremos llegar a ser.

El equilibrio correcto se encuentra entre dos extremos erróneos.

Vamos a llamarlos, para evitar confusiones “yo natural” y “yo formado”.

Ese proyecto formativo personal muchos lo llaman carácter. Creo que se debería matizar. De cualquier forma, está claro que no se opone de ninguna manera al “yo” natural.

El “yo natural” aparece con todo un abanico -inmenso, en el fondo lo sabéis- de cualidades, de talentos… y de tendencias negativas. Algunos somos muy artistas y un poco vagos, otros somos muy intelectuales y pedantes, otros somos deportistas y tímidos… El tesoro de la propia personalidad está compuesto de joyas y de pedruscos.

Todos estos elementos, paradójicamente, constituyen un verdadero tesoro. Y quien aprenda a descubrir ese tesoro, aprenderá también a valorar las cosas positivas y también las negativas… no por ser negativas, sino porque son parte del tesoro del “yo”.

El “yo formado” aparece como un proyecto primero familiar y después personal y laboral. Al final vuelve a hacerse familiar. Primero son tus padres -y muchas veces los hermanos mayores- los que te ayudan a pulir las aristas de los rasgos más negativos y a perfeccionar las cosas positivas.

Después, en el colegio, en la universidad, en el trabajo, te das cuenta que para lograr tus objetivos en la vida necesitas afianzar un tipo de valores o de virtudes de trabajo, de fidelidad, de buen gusto, etc.

Por fin te encuentras tú mismo en el borde de formar un proyecto familiar. Te encuentras con otro “yo” que está en el mismo proceso de formarse. Y juntos emprendéis el camino de un nuevo proyecto. Primero como miembro de una pareja, un nuevo equipo. Después como padre o madre de familia. Todos son retos que suponen una mejora del “yo”. Especialmente en esos tantísimos talentos que tenemos, a veces latentes.

¿Cómo perfeccionar las cosas positivas? ¿Os acordáis de ese famoso texto de Aristóteles que nos ponían para comentario de texto en bachillerato?

“Toda virtud perfecciona la condición de aquello de lo cual es virtud y hace que ejecute bien su operación; por ejemplo, la excelencia del ojo hace bueno al ojo y su función (pues vemos bien por la excelencia del ojo); asimismo la excelencia del caballo hace bueno al caballo y lo capacita para correr para llevar al jinete y afrontar a los enemigos. Si esto es así en todos los casos, la virtud del hombre será también el hábito por el cual el hombre se hace bueno, por el cual ejecuta bien su función propia” (Ética a Nicómaco).

La virtud del hombre será también el hábito por el cual el hombre se hace bueno, por el cual ejecuta bien su función propia.

Por medio de la repetición de actos positivos en cualquier dirección, formamos hábitos buenos. Los hábitos buenos son virtudes. Las virtudes hacen que podamos ejercer mejor nuestras funciones humanas… que seamos mejores seres humanos.

La virtud no se forja sólo para corregir aspectos negativos, sino también -sobre todo- para perfeccionar y potenciar aspectos positivos. Así, el resultado que se obtiene es el de un “yo”, el mismo “yo” pero con las cosas malas un poco apaciguadas o controladas, y con los aspectos positivos en continuo proceso de mejora creativa.

En futuros artículos trataré cada uno de estos puntos en temas más concretos.

¡Buen fin de semana a todos”

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