El blog de Javier Rubio

Lo que ves es lo que hay

Hace ya muchos años que no se considera el argumento filosófico medieval sobre “el deseo natural de ver a Dios”. Parece que la comunidad filosófica ha realizado un pacto general en lo que a la existencia de Dios se refiere: del trono Dios pasó al banquillo de los acusados, del banquillo de los acusados, a la segunda página del periódico conservador, y de ahí a las enciclopedias.

De forma algo paradójica nuestra sociedad, amante de las encuestas, disfruta con su propia perplejidad publicando una y otra vez que el porcentaje de creyentes en Dios que se considera “feliz” es mayor que el de los increyentes. Parecería el dato oportuno para volver a abordar el argumento del deseo natural, pero no…

El susodicho argumento es el que sigue: el ser humano posee unas facultades (inteligencia, voluntad y afectividad) que están abiertas al infinito. Son insaciables. Por más verdad, bondad y belleza que experimente, su alma nunca termina de saciarse. A la vez sabemos que el hombre está llamado a la felicidad y que tal felicidad consiste en experimentar el sumo bien. La existencia de Dios –ser amable, verdadero y bueno por antonomasia–, responde punto por punto a esta sed humana.

El cine, el arte en general en su expresión más sensata, no tiene los mismos reparos que los filósofos. Un director como Woody Allen, que se ha proclamado “un estricto ateo descreído”, tuvo la genial ocurrencia de rescatar este argumento en uno de sus últimos largometrajes: Magic in the Moonlight (Magia a la luz de la luna, 2014).

En una entrevista que le hizo el diario alemán Sddeutsche Zeitung tras la película, Allen afirmó su sintonía con el protagonista –un prestidigitador descreído y desencantado–, que, como ateo, lleva una “una vida triste sin esperanza (…) horripilante y sombría, sin objetivo o relevancia alguna”. Colin Firth encarna a la perfección al esnob inglés, con ínfulas de sabio y filósofo, que parece disfrutar contaminando el mundo con su cinismo y su frustración. Su pasatiempo: poner en evidencia las falsedades del mundo y, entre ellas, la existencia de Dios.

La contraparte en la película, la médium acusada de farsante –interpretada por Emma Stone–, no es menos cínica pero es capaz de comprender, al menos, que merece la pena ser feliz. Siendo una comedia romántica –una curiosa apuesta de Woody Allen por un final feliz–, se subraya el hecho de que el amor termina limando las diferencias y que es lo único capaz de otorgar a las personas una mirada mágica sobre el mundo.

Lo curioso del caso es que es precisamente esta mirada “crédula” y “falsa” de la vida –simbolizada por la creencia en la magia– la que permite a las personas disfrutar de la belleza de la naturaleza, ser felices, estar contentos y vivir satisfechos. Woody Allen lo tiene muy claro: “Me gustaría que hubiera una solución mágica que nos salvara a todos, pero no tiene pinta de que haya ninguna magia. Parece que (…) lo que ves es lo que hay. No hay un mundo especial ahí fuera con muertos sentados en círculos y pasándoselo bien, a los que nos uniremos cuando muramos” (en una entrevista en París del 2 de diciembre de 2014).

Woody Allen, como el prestidigitador Stanley (Colin Firth), no cree en Dios, no cree en la magia, no cree en el más allá. Pero, como el protagonista de la película, no duda ni por un instante en que, si hubiera un más allá, un Dios, una esperanza… sería mucho más feliz.

Hay en la película un personaje curioso, un sabio. Como esos sabios antiguos, de largas barbas y consejos proféticos. Un Gandalf, un Dumbledore. Apenas aparece en tres escenas aisladas, pero sus diálogos son los pernos en torno a los cuales gira el atisbo de esperanza… Acaso sean las verdades que Woody Allen quisiera creer. En cualquier caso, la tía Vanessa (Eileen Atkins) parece ser la única en la película que comprende el deseo natural.

Aviso que el siguiente diálogo puede contener spoilers:

-On paper, there’s really no reason to prefer Sophie to Olivia.

-Well, I would say the opposite.

-And so your suggestion that I, I be honest with Olivia and tell her that irrational as it seems, I’ve fallen in love with Sophie, that’s a preposterous notion.

-It’s lunacy.

-Yet I can’t help feeling that…

-That you love Sophie.  Yes, I understand. You’re puzzled and bewildered because your foolish logic tells you that you should love Olivia.

-Foolish logic?

-And yet, how little that logic means when placed next to Sophie’s smile.

-What are you saying?

-That the world may or may not be without purpose, but it’s not totally without some kind of magic.

 En castellano:

-En teoría, no hay razón para preferir a Sophie sobre Olivia.

– Yo diría lo contrario.

– Entonces, tu sugerencia de que sea honesto con Olivia y le diga que, aunque parezca irracional me enamoré de Sophie, es una idea absurda. Es demencial. Aun así, no puedo evitar sentirlo…

– Que amas a Sophie. Sí, entiendo. Estás confundido y desconcertado porque tu tonta lógica te dice que deberías amar a Olivia.

– ¿Tonta lógica?

– Y, aun así, parece insignificante cuando estás cerca de Sophie.

– ¿Qué estás diciendo?

– Que el mundo puede tener o no propósito, pero no está totalmente falto de algún tipo de magia.

 Hay un deseo que busca nuestro corazón y que está más allá de nuestra tonta lógica personal. De cómo creemos que deben ser o no ser las cosas. En la película de Woody Allen la tensión entre racionalidad e irracionalidad se resuelve en el amor entre los dos grandes cínicos que hacen el papel de protagonistas.

Pero, y muy a pesar de su ateísmo, el buen Allen sabe que ese movimiento solo alcanza la mitad de la partida. Que el amor humano otorga una esperanza humana. La más elevada, quizá. Pero sólo humana. Nuestro corazón, el suyo y el de Stanley piden algo más…

Quizá sea el momento de volver a visitar a tía Vanessa.

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