El blog de Javier Rubio

Un trono para gobernarlos a todos

Publicado originalmente en: http://lcblog.catholic.net/un-trono-para-gobernarlos-a-todos/

¿Ser pluralista es algo bueno? Supongo que depende de la definición que se dé a la palabra “pluralista”. El rasgo común que he encontrado en todas las definiciones que he buscado es el de la aceptación de la aceptación de una pluralidad de doctrinas. ¿El cristianismo es pluralista? Según tal definición resulta obvio que no. Al menos no de forma prioritaria. El fundamento doctrinal del cristianismo es uno. Dogmático. Supongo que para otras doctrinas secundarias –que no implican certezas de fe- puede darse cierto pluralismo.

Esto no es algo negativo en absoluto. Es necesario y es bueno. Pluralismo… siempre he sentido cierta sospecha por ese “ismo” que cierra el vocablo. Me conduce a pensar en un afán dogmático disfrazado de buena gente. Se me podrá argüir que también “cristianismo” termina en un “ismo”. Pero es un afán dogmático declarado desde el comienzo de su andadura. No hay secretos. Cualquier católico debidamente formado tiene muy claro cuáles son los dogmas de fe. El pluralista declarado en cambio se considera, por naturaleza, anti-dogmático.

Nada más lejos de la realidad.

El pluralista suele serlo con todos menos con aquellos que no admiten el valor del pluralismo. Por mi parte no me siento cómodo en un sistema que me invita a creer en una fundamental ausencia de unidad y de orden. La aceptación de otras doctrinas o religiones como válidas implica la noción –algo absurda- de que sus certezas tienen el mismo valor que las propias. Pero en ese caso caemos en el hoyo sin fondo de verdades y valores contradictorios.

El pluralista suele serlo con todos menos con aquellos que no admiten el valor del pluralismo.

Se trata de una versión engañosa del mismo pecado de Babel. Un edificio –de pensamiento, social, etc.,- construido por manos humanas que pretende usurpar la verdad absoluta, que sólo pertenece a Dios.

Una verdad que consiste en que todas las verdades son verdaderas y que, por lo tanto, ninguna verdaderamente lo es.

La imagen que me viene a la cabeza es la de un conjunto de microuniversos, cerrados en sí mismos, con sus propias verdades, sonriendo al resto de los microuniversos –con sus respectivas verdades debidamente aceptadas- incapaces de ver la unidad en la que todos están encerrados. Lo quieran o no.

Y llama la atención que el pensamiento occidental, subyugado por el valor primordial del pluralismo y la tolerancia (otro extraño valor cocinado en una Europa no muy sensata), se haya rendido a una obra tan profundamente anti-pluralista como lo es el Señor de los Anillos.

No se trata de elaborar una paradoja vacía. La comunidad del anillo, el Concilio de Elrond, el sistema monárquico de Gondor no son en absoluto ejemplos de pluralismo. Todo lo contrario. Se trata de ejemplos de unidad, de identidad propia, de generosidad, de caridad inter-cultural. Lo que se quiera. Pero no de pluralismo.

En el modelo de la comunidad del anillo, por ejemplo. Legolas, Glimli, Aragorn, Gandalf, Boromir, los hobbits, encuentran su fuerza no en lo que los diferencia sino en lo que los une. Y es esa unidad –unidad en la misión común, en la preocupación de sus respectivos mundos y, unidad en la amistad que logran forjar más allá de sus disputas culturales o raciales-, en realidad la que enriquece las diferencias.

Legolas, Glimli, Aragorn, Gandalf, Boromir, los hobbits, encuentran su fuerza no en lo que los diferencia sino en lo que los une.

Y es la falta de identificación con la unidad del grupo y su misión lo que termina corrompiendo a Boromir. Su traición supone además un duro golpe a todo el grupo, que termina dividiéndose.

Otro detalle que acentúa el aspecto no-pluralista del grupo es el de la autoridad. Una sociedad pluralista duda de la autoridad, porque autoridad supone un cierto plus que los demás miembros de la sociedad no poseen. En la comunidad del anillo, en cambio, queda muy clara la posición de autoridad de Gandalf, primero, y de Aragorn después de la caída del mago en Khazad-Dûm.

El segundo modelo que puede resultar interesante en este contexto es el de la configuración del trono de Gondor. El Imperio de los hombres que domina toda la Tierra Media, cuando Aragorn vuelve a reunir la corona de Gondor y el cetro de Arnor. Un Imperio que incluye la práctica totalidad del continente conocido –con los reinos de los elfos, de los enanos, de los rohirrim y otras culturas humanas y con la Comarca de los hobbits-. Otra vez se trata de una unidad inclusiva, respetuosa, sin duda, pero en ningún sentido pluralista.

Acentúo el punto del orden, el ordo tan impregnado en la mente de nuestros antepasados europeos –medievales y de la Antigüedad-. El pluralismo, llevado a sus últimas consecuencias, es anárquico. No sólo por cuanto se refiere a la autoridad, sino también por cuanto se refiere al orden. ¿Cómo ordenar sociedades, doctrinas, incluso personas, si todos somos iguales, si todos poseemos el mismo valor de verdad?

El pluralismo, llevado a sus últimas consecuencias, es anárquico.

Los medievales y los antiguos, en cambio, creían en el orden. El orden político, social, doctrinal, cósmico. Pero más importante, creían en el orden de la creación. Comprendían que el ser humano tenía un valor muy superior al del resto de los animales y las plantas, por ejemplo. E infinitamente sobre la más alta de nuestras cabezas se encuentra Dios, Creador del orden.

Aragorn puede gobernar y ordenar porque tiene autoridad sobre el resto de los pueblos libres de la Tierra Media. Un trono para gobernarlos a todos. Pero incluso el rey de reyes tiene que responder al llamado del más allá y someterse al juicio que nos espera a todos los hombres.

Otro rasgo que nos une a todos los hombres. Seamos pluralistas o no.

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